Te amo

Por: Finnuala

Dicen que cuando alguien está destinado para ti, no importa lo que pase, terminarán juntos. Hay una leyenda china que explica que cuando naces se te amarra un hilo rojo invisible al dedo meñique de la mano, y el otro extremo está amarrado al meñique de tu verdadero amor. El hilo es irrompible, se expandirá lo necesario sin importar cuanto se alejen, pero al final, estas personas terminarán juntas.
Otra leyenda cuenta que las almas gemelas son antiguos amantes a los que no se les permitió en vida dar fruto a su amor. Cuentan que sus almas siguen vagando por el mundo, saltando de cuerpo en cuerpo, generación tras generación, siglo tras siglo, con la esperanza de volver a encontrarse y por fin cumplir su destino, juntos. A veces no saben que se verán pronto. Ni siquiera lo esperan. Han olvidado que se encontrarían. Dicen aquellos que cultivan la tierra desde tiempos ancestrales, aquellos que siembran el amor en el planeta, que los hombres y las mujeres son parte de lo mismo, que hubo una sola semilla que se unió en amor. Dicen que esa semilla era muy grande, de una energía muy sutil para esta gravedad, y que tuvo que separarse. Ellos lo saben porque sus semillas siempre están partidas por la mitad, como si les hubieran arrancado una parte de su contenido, una parte esencial. Pero lo callan, para que la tierra no se entristezca por esta separación. Dicen que cuando dos mitades se van a encontrar, algo cambia en el ambiente. Hay algo diferente qué hay que saber ver. Dicen que cuando dos mitades se acercan, las respiraciones se aceleran, las almas se huelen, las almas se oyen, las almas se sienten, las almas recuerdan, las almas… se complementan y se vuelven a unir si son capaces de reconocerse.
Ella era chaparra. Tenía cara fina, ojos verdes y pelo café claro lacio. Con 22 años cumplidos, trabajaba como vicepresidenta de una empresa de moda en el doceavo piso de un edificio en la ciudad. Al contrario de lo que uno pensaría, ella era alegre y tranquila.

Él era alto. Tenía cara ovalada, ojos cafés y pelo negro chino. Con 24 años cumplidos, trabajaba como profesor en una escuela secundaria donde enseñaba la asignatura de historia. Él también era alegre y tranquilo.
Ambos tenían preocupaciones en su vida cotidiana, pero ninguna se comparaba a la presión que tenían por casarse. Ella fue educada con que se tenía que casar con el hombre perfecto: guapo, rico, que la quiera, que tenga sus mismos principios, de buena familia, etcétera. Él fue educado con que tenía que encontrar a la persona que complemente su vida sin importar de donde venga.
Ella se acababa de comprometer con un hombre robusto, con pelo güero lacio, ojos color miel, fuerte, cándido e inteligente. Prácticamente, el hombre con el que le enseñaron que debía casarse. Por más feliz que ella parecía, había algo que la inquietaba.
Cada mañana él se levantaba, se aseaba, se vestía, se lavaba los dientes, se peinaba, tendía su cama y recogía su cuarto, desayunaba un café caliente con leche deslactosada baja en calorías y una fruta, y se iba al trabajo (entre semana), o sino al parque.
Ella se levantaba, decidía su atuendo, se aseaba, se vestía, se lavaba los dientes, se maquillaba, se peinaba, recogía su cuarto, desayunaba un café caliente con leche baja en calorías y una fruta, y se iba al trabajo (entre semana), o sino al parque.
Les gustaban las mismas cosas y coincidían en los mismos lugares, pero ninguno de ellos lo sabía ya que por lo general era a distintas horas.
Un domingo lluvioso de noviembre, ambos se levantaron, realizaron su rutina y se fueron al parque con paraguas en mano. Los dos caminando en el mismo sentido. Ella se sentó al borde de una fuente y él en el banco de en frente. Él la miró; ella respondió

con un suspiro, pero no lo sintieron extraño, sino mágico, como si se conocieran desde siempre. Se levantaron y caminaron uno hacia el otro.
—Hola — dijeron al unísono.
El universo conspiró para abrazarlos. Se tomaron de la mano y caminaron. Comenzaron a bailar. De repente, comenzó a sonar una canción romántica en la radio. Eran dos extraños bailando bajo la lluvia, como si fuera normal, como si nadie más mirara, convirtiéndose en amantes al compás de la canción, y cuando terminó de llover, se sentaron en el pasto a charlar.
Cuando llegaron a casa, él se sentía completo, y ella sentía que encontró al hombre perfecto para ella, porque aunque no era el más guapo, ni el más inteligente, ni el más amable, ella era realmente feliz a su lado; se dio cuenta que eso era más de importante que estar con la persona que alguien más denominó “perfecta para ti”. Ambos estaban dispuestos a hacer lo necesario para volverse a ver.
Él comenzó a asistir aún más al parque con la esperanza de volver a verla, pero ella dejó de asistir. Estaba aterrada, y confundida, pues estaba comprometida, pero acababa de encontrar su verdadero amor.
Ella quería hacer las cosas bien, así que fue a ver a su prometido. Le dijo que desde que se comprometieron, sentía un vacío y no creía que debía casarse con él. Al principio, su prometido parecía molesto, pero al cabo de unos minutos, comprendió la situación. Ella le devolvió el anillo, le dio las gracias y se fue. Después, les dio la noticia a sus parientes; ellos sí quedaron molestos.
Pocos días después, ambos se volvieron a encontrar en el parque.
—¿Dónde estuviste mientras todo este tiempo que yo tanto te busqué? — él le preguntó al oído.
—Lo siento. He estado ocupada. Aunque, para serte franca, ahora no comprendo en qué— le respondió.

El tiempo pasó tan rápido que el día se convirtió en noche, y la noche en día, pero la Luna no se iba. Su amor era tan sincero, que la gente que los veía iba creyendo en el amor.

Pasó el tiempo. Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses y los meses en años. Por fin, se casaron. Vivieron juntos en un departamento, no muy grande, cerca del parque donde se conocieron. Pocos meses después, ella enfermó. Cada vez se volvía más débil. Su piel se volvió cada vez más amarilla. Cada vez más pelo se le caía. Su belleza se terminó en un abrir y cerrar de ojos. Él se preocupó y la cuidó: la ayudó a comer, a asearse, a vestirse, a vivir. Él odiaba verla sufrir y ella odiaba verlo sufrir a causa suya; y aunque aprovechaban cada instante para estar juntos, aunque reían, se distraían, y por pequeños segundos lo olvidaban, no se puede evitar la verdad.
Una noche, ella se sintió muy cansada, así que durmió, pero simplemente no despertó. Él se puso de rodillas al lado la cama, tomó su mano, y la besó en la frente. Se quedó un rato ahí. Lloró, mucho. Se levantó, tomó una pluma y un hoja de papel, y escribió: “Te conocí en un parque, cuando mi vida era un desastre, pero al instante, la mejoraste. Alivianaste mis presiones, y me hacías sentir muy bien tan solo con verte. Por más negro que sentía mi día, me lo alegrabas y me sacabas una sonrisa con tan solo una mirada. Estoy agradecido por haberte conocido, y mis días vuelto más divertidos. Y aunque no fui el mejor esposo, di lo mejor de mí para que tú pudieras estar feliz. Te fuiste tan joven, cuando yo te tenía tanto que dar, esperaba que seas la madre de mis hijos, y envejecer contigo. Hubiera dado cualquier cosa para poder pasar más tiempo contigo, o al menos despedirme de ti. Me duele, y mucho. Me duele que mis últimas palabras hacia ti no fueron “te amo””.

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