El último correo

Por: Kafkita

Era un día nublado de noviembre. El otoño ya se iba a acabar, pero el año escolar apenas comenzaba. La mayoría de la gente ya había establecido su nueva rutina. Yo tenía todo planeado. Ya me había inscrito a mis clases extracurriculares. Estas incluían: bailes, triatlón y squash. En la escuela también me estaba yendo bastante bien. Tenía buenas calificaciones para ser el inicio del año y, además, me estaba acostumbrando a la vida de una niña de octavo grado.

Un jueves nublado, mi mamá, mi hermano pequeño y yo estábamos regresando de nuestras actividades vespertinas. De repente, surgió un nuevo tema de conversación. Comenzamos a hablar sobre lo que sería si me fuera a una escuela en el extranjero. En el momento no estaba en mis planes, pero estaba abierta a discutirlo en un futuro. Lo que yo no sabía, es que esa plática vendría aproximadamente dos semanas después. Mientras mi hermano y yo nos salimos del auto mi mamá me comentó, “Sarah, me encontré a mi fisioterapeuta en el super hoy. Me contó sobre una escuela muy buena que hay en el extranjero. Se llama el International Jewish Academy y me dijo que hay una junta este martes. ¿Quieres ir?” Me quedé en shock. “¡Claro que quiero ir!”, le contesté. Lo que ambas desconocíamos es que esa plática cambiaría por completo nuestras vidas. Pero me estoy adelantando.

El siguiente martes a las 7:30 p.m. mi mamá, mi papá y yo salimos de mi casa. Era el día de la junta y yo estaba super emocionada. Viajamos alrededor de veinte minutos hasta que llegamos al Live Aqua Hotel en Santa Fe. Dejamos nuestro coche en el valet parking y nos dirigimos hacia las salas de juntas. Era un pasillo largo con muchas salas de juntas, pero solo una estaba ocupada. Nos dirigimos a una mesa plegable, la cual estaba cubierta por una tela azul, plumones, etiquetas y varios folletos, los cuales venían con una imagen de tres adolescentes sonriendo con un fondo lleno de árboles y plantas. Al llegar a la mesa, nos pidieron que anotáramos nuestros nombres en las etiquetas. Después, nos entregaron varios folletos y nos invitaron a entrar. ¡La junta fue un éxito! Quede enamorada con la escuela. Sus increíbles instalaciones, los maestros tan dedicados y profesionales y, el nivel académico de la escuela. Me quería ir en ese instante.

Cuando acabó la junta, nos dieron tiempo de platicar con otros alumnos, e inclusive, con los directores de la escuela. Mientras mi mamá y mi papá platicaban con un amigo suyo, yo me alejé y me acerqué con John Slade (el director de la escuela). Después de platicar con él por un rato, John exclamó en inglés: “Necesitamos conseguirle el contacto de Bárbara (la que se dedicaba a las admisiones), ¡ella necesita venir a esta escuela!” Siendo honesta, me emocioné. La junta concluyó tarde, mi familia tomó nuestro coche y nos dirigimos a casa. Aunque mis expectativas de la escuela eran altísimas, lo probable era que no me fuera a la escuela, ya que los precios eran extremadamente caros. En el auto le dije a mi mamá, “Aunque es muy cara la escuela, siempre podemos aplicar.” Asintió con su cabeza.

Esa misma noche empecé a investigar cómo aplicar. Y pocos días después comenzamos el proceso. La lista era extensa, especialmente si necesitabas una beca (lo cual era mi caso). Hicimos la aplicación poco a poco. Llenamos cuestionarios, subí una foto, llenamos formularios, etc. Pasaron alrededor de tres semanas. La lista se acortó y lo único que me faltaban eran los tres exámenes. Era necesario tomar un examen universitario para medir el nivel de inglés. Decidí tomar el IELTS. Este examen es considerado uno de los más difíciles, ya que mide tu nivel de inglés en cuatro niveles: speaking, listening, reading y writing. Solo tuve dos semanas para estudiar. Descargué la aplicacion en mi celular y en cualquier momento libre que tenía, practicaba.

La fecha del examen se acercaba, aunque estaba nerviosa, confiaba en mi nivel de inglés, ya que venía de una escuela americana. Mi papá me llevó al examen. Lo tomé en la Universidad Ibero. Me acuerdo como si fuera ayer. Llegamos al edificio “S”. Nos registramos, mi papá se fue, y comenzó el examen. Ahí estaba yo, rodeada de alumnos universitarios, haciendo un examen. El examen duró cuatro horas, y aunque fue largo, salí confiada. Mi papá me recogió y esperamos los resultados.

Esperar fue una pesadilla, pero por fin llegó el momento de recoger mis resultados. Al recogerlos, me emocioné. Con mis resultados, me podía sacar una maestría en inglés en cualquier parte del mundo. Me llené de alegría. Llegando a mi casa, escaneé el documento y lo subí a la página web. Una semana después, empecé a completar los exámenes de matemáticas y hebreo. Estos no fueron fáciles. Aunque me desafiaron, los completé y los subí a la página web. Me notificaron que lo único que me faltaba para que pudiera aplicar era mi entrevista con Barbara Boyette. Ella era la directora de admisiones. Barbara y yo acordamos una fecha y alrededor de una semana después del examen hicimos la llamada.

Llegó el día de la llamada. Mi mamá y yo acomodamos su computadora en la sala y exactamente a las once de la mañana, mi mamá y yo marcamos a la escuela. Inmediatamente nos contestó Bárbara. Platicamos un rato. Después de haber platicado, Bárbara nos separó para platicar con ella de forma individual. Mientras Bárbara platicaba con mi mamá, lloraba de la alegría porque mi sueño, que antes no sabía que tenía, se estaba volviendo realidad. Pasaron alrededor de veinte minutos, Bárbara se despidió y colgó. Nos dijo que los resultados vendrían alrededor de dos semanas después, y si están tomando cuentas, esas serían las primeras semanas de febrero.

¡Estaba tan nerviosa que me dio gastritis! Pasaron varios días, pero el lunes cuatro de febrero recibí el email que iba a cambiar el transcurso de mi año. Justo había llegado a mi casa. Abrí mi iPad y vi una nueva notificación en mi email. Abrí mi correo. Era un correo del IJA, con el título: Mazal Tov! Cuando lo leí, me di cuenta de que me habían ofrecido una beca y que ahora formaba parte del Honors Society. Aunque todavía no llegaba el email oficial de que estaba dentro de la escuela, era evidente que me habían aceptado. Me llené de alegría. Mi esfuerzo valió la pena y ahora iba a poder ir a la escuela que tanto quería ir. Pasaron unos días y por fin llegó el correo que tanto esperaba. El título del correo era: Mazal Tov! Again. Ese fue el correo oficial, el cual decía que estaba dentro de la escuela. Cuando me aceptaron, mi corazón se llenó de alegría y de expectativas. Ya me veía parada en la escuela. Ese mismo día le conté a mi familia que me iba a IJA. Estaban todos muy emocionados, pero tristes al mismo tiempo. En especial mis abuelos.

Pasaron algunos meses. Mi papá y mi mamá planearon un viaje que iba de Boston a Carolina del Norte. Después de ese viaje, me iban a dejar en la escuela e iba a comenzar la nueva etapa de mi vida. Ya sólo faltaba una semana de escuela. Le conté a mis maestros que ya no iba a regresar a la escuela el año siguiente. Todos me felicitaron y me dijeron que me iban a extrañar mucho. Llegó mi último martes en la escuela. Solo quedaba un periodo y mi día acababa. Subí a clase de matemáticas y abrí mi correo. Lo que leí en ese instante me paró el corazón.

Al abrir mi correo, me encontré con mi peor pesadilla. El título: The End of the Academy. Estaba destrozada. Me quedé sin escuela y solo quedaban tres días para conseguir una nueva. Casi empiezo a llorar, pero no quería avergonzarme frente a mis amigos. Sentí que todo el esfuerzo fue desperdiciado. Cuando acabó a la escuela, corrí al camión. Me senté y comencé a llorar.

Terminó el verano y era tiempo de un nuevo comienzo. Me cambié al Colegio Israelita de México CIM ORT. Estoy muy feliz con mis nuevas amigas, nuevos amigos, nuevos maestros y nuevas actividades. Pero nunca paro de pensar cómo hubiera sido mi año si ese último correo nunca hubiera llegado a mi buzón.

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