Sin estrella amarilla… pero siempre fuimos judíos

Por: Rosa

Esta es la historia de mi abuelita y su familia durante la Segunda Guerra Mundial en Francia. Se salvaron gracias a la valentía de mi bisabuela, que solita escondió sus tres hijos de los nazis y que, desde el principio, entendió el peligro que había y tomó una difícil decisión que, al final, los salvó. Elegí como narrador de esta historia al hermano mayor de mi abuelita; traté de ponerme en su lugar y lo conté a modo de diario.

1939
Hola, están pasando muchas cosas que no entiendo muy bien, así que decidí escribirlo. Me llamó André y tengo seis años ¡y casi voy a cumplir siete! Ya sé escribir, aunque mamá me ayuda todavía un poco. Vivo en Calais, Francia, con papá, mamá, Arlette, mi hermanita de tres años y Jacqueline, mi bebé de uno. La vida en Calais me gustaba y tenía muchos amigos, me divertía mucho, pero una noche vi a mamá llorando y preguntando a papá qué íbamos a hacer ahora que ya estábamos en guerra con Alemania. No entendí muy bien, pero creo que es algo triste. Una semana después, papá me dijo que me tenía que hablar como a una persona grande. Me dijo que ya no íbamos a poder vivir en Calais, que nos íbamos a ir a Poitiers.“¿Por qué?” pregunté. Papá me miró en los ojos y dijo “Porque somos los únicos judíos aquí, y en estos tiempos no mucha gente quiere a los judíos… y tampoco está bonito estar solitos aquí, ¿verdad?… ¿Entendiste?” Dije que sí, aunque no era cierto. Papá me abrazó fuerte contra él; no sé por qué, pero sentí que algo malo iba a pasar y comencé a llorar.
Al otro día, temprano en la mañana, sin decir adiós a nadie, agarramos poquitas cosas y nos fuimos en un coche muy chiquito. El viaje a Poitiers estuvo horrible, especialmente cuando Arlette se atoró el pie en la puerta y no paró de llorar. En Poitiers, papá rentó una casa y mamá agarró a la hija de unos amigos, que es muy buena, Lise, para que la ayudara a ocuparse de nosotros, porque no sé si lo dije, que mamá tiene una pierna que no puede mover.
1942
Han pasado ya dos años y tengo nueve. Pero ahora todo es diferente, todos hablan de la guerra. En las calles oigo: “Esos sucios judíos” o “esos sucios Boche ”; en los parques y restaurantes veo letreros que dicen “prohibida la entrada a judíos”. Odio ver eso. Mamá nos hizo prometerle que nunca diríamos que somos judíos. Mi hermana Arlette y yo vamos a la escuela. Muchos niños y maestros tienen una estrella amarilla en su ropa que dice Juif. Le pregunté a mi mamá por qué no tenemos una. Me dijo que era porque no nos habíamos declarado como judíos, porque es peligroso que la gente lo sepa. Mamá tiene razón. Durante este mes, no se deja de escuchar sobre redadas de judíos en toda Francia, de todos los que tienen la estrella amarilla y que no hicieron como mi mamá.
Pensé que sin la estrella amarilla estábamos seguros, pero me equivoqué… alguien nos denunció. Un día de noviembre, mientras estaba en la escuela, pasó algo que después Arlette me contó. En la mañana, papá no estaba, porque había ido a tomar el tren a París. Mamá estaba enferma y en la cama. Lise se ocupaba de mis hermanas. Tocaron a la puerta, Lise fue a abrir y dos policías franceses estaban allí. Entraron y fueron hacía mamá “¿Usted es la Sra. Niego?” “Si, soy yo”. “Eres judía…” , “No” contestó mi mamá. “¿Pero su nombre es Sara?” “Sí, pero eso no prueba nada”. Le dijeron que tenía que seguirlos. Mi mamá contestó que estaba enferma y que tenía una pierna paralizada, pero a los policías franceses no les importó, la jalaron por la fuerza y le pegaron.
Más tarde, cuando regresaba yo de la escuela, un conocido también judío, me dijo que regresara rápido a mi casa, que había ido a prevenir a mi papá. No entendí nada, pero cuando llegué, mi mamá no estaba. Jacqueline estaba llorando y gritando, Lise estaba en pánico y Arlette me contó todo llorando. Esperamos hasta la noche, pero papá no regresó. En vez de eso, dos policías nos vinieron a buscar. Nos llevaron a la comisaría, a mí y a mis hermanas, y allí esperamos, sentados frente a una puerta, mientras escuchábamos golpes y alguien gritando: “Admite que eres judía” y la voz de mamá diciendo “No, no soy judía”. Unas señoras vinieron y nos llevaron a un orfanato dirigido por monjas. Los días pasaron y un día escuché a dos monjas hablar sobre nosotros y decir que habían llevado a mamá a un campo de tránsito para ser deportada. Me asusté mucho.
1943
Han pasado seis mese y ya tengo 10 años. Mamá vino a buscarnos y nos vistió con toda la ropa que pudo. Sin llevarnos nada más, para no despertar sospechas, nos escapamos en la noche y tomamos el tren hacia París. En el tren, hubo un control, pero, quien sabe por qué, ¡pasaron al lado de mamá sin pedir nada! Me quedé dormido, pensando “¿Dónde está papá?, ¿por qué no está con nosotros, ayudándonos?” A la mitad de la noche me desperté, el tren se había parado por un bombardeo. Nos bajamos y tuvimos que caminar. Cuando llegamos a París, nos quedamos en un cuarto en el sexto piso de un edificio, donde vivían mis tíos, Víctor y Lina, la media hermana de mi papá. Allí, nos enteramos de que mi tío Moshe, hermano de mi papá, y su esposa habían sido deportados… También estaba el rumor de que mi prima Nelly, su hija, que estaba en un orfanato de niños judíos escondidos, se había escapado con un grupo de ahí, para atravesar los Alpes y llegar a Suiza… Nadie sabe si llegaron.
Hemos recibido un mensaje de papá para mamá. Dice que había sido capturado y internado en Drancy, pero, gracias a la embajada turca, aceptaron liberarlo, pues fue soldado de Turquía, pero le pusieron como condición que regresara a ese país, y parece que eso hizo… dejándonos aquí. Me acuerdo de que papá me dijo “Si algo pasa y me separan de ustedes, recuerda que tú eres el hombre de la familia y cuento contigo para cuidar a mamá y a tus hermanas”, pero nunca pensé que él sería el que nos dejará. Igual me prometí que las cuidaría.
Anoche escuché, desde mi cuarto, a mamá contándole a mis tíos lo que le había pasado. “Me golpearon en el campo, para que admitiera que era judía, pero siempre dije que no, que era musulmana de Turquía. Sé Yiddish, así que entendí lo que hablaban entre ellos esos ‘Boche’. Logré enviar una carta al embajador turco para que contactara los alemanes, para atestiguar que era turca. Por eso al final me soltaron, pero me dijeron que no tenía derecho de salir de mi casa. No me importó, sabía que regresarían, entonces, tomé el tren directo para venir aquí, con André, Arlette y Jacqueline.”

Nos quedaremos aquí un tiempo con mis tíos porque la conserje no nos ha delatado. Pero igual, mi mamá tiene miedo, especialmente después de recibir dos noticias de su familia. La primera le fue contada por un señor que venía de Poitiers y era sobre mi abuelita Rosa, la mamá de mamá, a la que extraño mucho porque, desde que empezó esta horrible guerra que odio, hace casi cinco años, no la he visto; pero el punto es que el señor nos contó que abue está en Poitiers, en la zona sur, con mi tía Rebeca en una casa que fue requisada por los alemanes, que no sabían que mi abue y mi tía eran judías y se hicieron “buenos amigos”. Pero que mi tío Yosef, un hermano, tuvo que estar escondido en el ático de la casa porque lo buscaban como un peligroso miembro de la resistencia. Un día pasó un milagro: mi abuelita le tuvo que decir al jefe alemán que eran judías; y todo lo que él hizo fue irse de la casa con sus soldados. Mi abuelita dice que fue un milagro enorme. Yo me prometí que si la guerra sigue y cuando sea un poco más grande, me meteré a la resistencia, como mi tío Yosef y mi tío David. La otra noticia era una carta de mi tía Fanny, la mamá de mi prima Monique, y la esposa de mi tío Nathan, el hermano de mamá, avisando de que mi tío había sido deportado y que no sabía nada de él.

Mamá, preocupada, finalmente ha puesto a mis hermanas en un internado de niñas en Domfront y, a mí, en uno de hombres en Flers. Ya tengo once años pero estoy solo y extraño a todos.
1944
Escucho la BBC, todo lo que puedo aquí en Flers. Me enteré del desembarco en Normandía y que la guerra al fin está acabando. Mi mamá (que también estaba escondida y solamente pudo venir a verme una vez), nos vino a buscar, a mí y mis hermanas. Seguimos el camino del desembarco y yo, feliz, caminé al frente con una bandera blanca. A veces dormimos bajo las estrellas y a veces en las casa de granjeros que nos dejan dormir en su casa. Una noche unos granjeros no nos dejaron, así que dormimos en otra granja. En la mañana, vimos que la casa de los granjeros que no habían dejado dormir en su casa, había sido destruida por bombardeos. Sé que Dios estuvo con nosotros y nos cuidó. ¡Cruzamos carros de soldados americanos que nos dieron chewing-gum y chocolate! ¡Viva los americanos! Caminamos hasta Poitiers y luego regresamos a Calais.
Después de la guerra
Nuestra casa seguía aquí. Mi mamá va todos los días a la estación de tren para ver si su
hermano Nathan regresa… pero sabemos que ya no regresará. Muchos familiares y amigos no han regresado.
Después de cuatro años, papá al fin ha vuelto; es raro volver a vivir con él después de tanto tiempo. Aunque la guerra acabó seguimos sintiéndola, y todavía en las noches tengo pesadillas horribles, pero siempre trato de pensar: “Ya acabó la guerra, Dios no protege y nos salvó gracias a mamá, por no haber usado la Estrella amarilla, aunque siempre fuimos judíos”.

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