Ola, hola ola

Por: La francesita

No podía respirar. Estaba llorando. Estaba teniendo un ataque de pánico, aunque sabía que no debía. Podría ser causa de vida o muerte. No podía salir.
Todo lo que veía eran olas agitadas, la siguiente siempre más grande que la anterior. Agua azul marino y verde por todos lados y la playa cada vez más lejos, aunque con todo mi cuerpo deseara lo contrario. Era una gran playa, con poca arena y muchas plantas secas que estorbaban el paso.
Yo estaba sobre una tabla de surf y sentía como constantemente su rasposa superficie rozaba y raspaba mis piernas una y otra vez con el constante movimiento del mar. Mi pelo estaba todo enredado y constantemente cubría mi cara, debido a la cantidad de veces que las olas gigantescas me revolcaban una y otra vez. Cada vez que esto pasaba, sentía como el agua salada pasaba por mi boca y luego mi garganta y el horrible sentimiento de como agua entraba a mi nariz. Aun después de salir a la superficie no me dejaba respirar.
En esos momentos, los únicos pensamientos en mi mente, por más incongruentes que fueran entre sí, eran “voy a morir” y la determinación de llegar segura a la playa. Y pánico, pánico puro que me mantenía alerta y moviéndome como pudiera. Solo quería que todo acabara, que fuera una pesadilla y que pronto me despertara en mi cama asustada, cubierta en sudor. Pero eso nunca sucedió. Con los minutos que pasaban, cada vez había menos personas a mi alrededor, haciéndome sentir sola y cada vez más asustada.
Había entrado al mar con muchos niños y jóvenes de mi edad, algunos más chicos y otros más grandes. Con ellos, estaba mi hermana y mi mejor amiga. No las había visto mucho desde que habíamos entrado al mar. También, nuestros papás habían entrado al agua hacía unos momentos cuando comenzaron a darse cuenta de la situación. Algunos con tablas pequeñas ¡y otros incluso sin ninguna!. Se habían empezado a dar cuenta de lo que estaba por venir. Varios de ellos se habían acercado a mí y me habían tratado de ayudar a salir, pero no tenía caso. Se iban y venían, pero por más que trataramos la corriente siempre era más fuerte. No estábamos pensando de forma racional.
Con el tiempo, ya nadie venía ni se iba. Ellos ya solo eran unas manchas a lo lejos, rodeados por el agua que desde hacía ya unas horas, me era familiar y que los llevaba lejos de mi.
De pronto, vi a alguien. Se acercaba. Era uno de los instructores. Se acercó a mí nadando. Era un joven moreno y un poco gordito. Le pedí que porfavor me ayudara. Solo lo necesite decir una vez. Él quería salir de allí tanto como yo. Se agarró de mi tabla y me pidió que lo ayudara a patalear, y fue entonces cuando un poco de calma vino a mi. Ya no estaba sola. Estuvimos haciendo eso por lo que me parecieron horas, pero nada sirvió y cada vez nos encontrábamos más y más lejos de tierra. El pánico volvió más fuerte que nunca. La tabla era demasiado pequeña para los dos. Las cosas no estaban funcionando.
Fue entonces, cuando a unos metros de mi, vi a mi mejor amiga. Había perdido su tabla y estaba nadando, pero algo me parecía extraordinariamente raro. Mientras más se acercaba a mi, me di cuenta que tenía una sonrisa en la cara. No podía entender cómo alguien podía estar sonriendo en esa situación, fue un poco gracioso. Poco a poco, se fue acercando a nosotros y se subió a la tabla conmigo. No comprendía lo que estaba pasando, ni porque yo estaba llorando tanto.
Le explicamos brevemente lo que sucedía. Y así, comenzamos a hacer lo mismo, ahora con todavía menos espacio para movernos. Pataleamos y pataleamos sin sentido alguno, hasta que el instructor nos dijo: “estoy muy cansado, ya no puedo más” con una cara de fatiga y poca energía en su voz.
Terror. Absoluto terror. El ataque de pánico y la respiración entrecortada volvió. No podía pensar, no podía ver, no podía moverme. Nos quedamos quietos por unos momentos, viendo nada más que el mar y la playa a lo lejos. La desesperación era perceptible.
Pronto, no recuerdo cómo, nos fuimos acercando a la playa. Todos pataleábamos y braceábamos sin parar, excepto por las seguidas interrupciones de las olas que nos revolcaban. Toda mi boca sabía a sal y estaba seca. Tenía sed. Pero nuestro mayor problema se había resuelto. El cansancio se había ido de nuestras mentes y cuerpos, y solo prevalecía la determinación de llegar a tierra.
Muy pronto, nuestros pies tocaron tierra. Yo estaba llorando y no podía respirar bien. Vi a mi mamá. Estaba parada sobre la arena a unos metros de mi. Ella también había estado llorando. Ya nada me importaba. Solo corrí hacia ella y la abrace lo más fuerte que pude. Mi hermana también estaba a salvo. Mi respiración volvió y me parecía que ya todo estaba bien.
Pero pronto supe que esto no se había acabado. Mi papá, mi amiga y otros conocidos seguían dentro del mar. Estaban muy lejos de donde habíamos entrado y todos flotaban de una sola y pequeña tabla.
En eso, uno de los muchos papás salió del mar por detrás de nosotras. Mi mamá me explicó que él ya había ayudado a salir a mucha gente. Que había sido un nadador toda su vida, pero ahora estaba pálido y temblaba de lo que me parecía terror.
Su esposa e hijas se acercaron a él. Y yo solo llegué a escuchar las palabras: “Está muerto. No lo pude salvar”.
Preocupación otra vez. ¿Quién había muerto?. Comencé a contar personas…faltaban muchas.
Unos cinco minutos después, todos los papás (incluido el mío) y mi amiga salieron a lo lejos. Fue un completo alivio, excepto…entonces ¿quién había muerto?.

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