Café con Leche

Por: Latido

Abro mis ojos con lentitud, permito que la armonía del amanecer los envuelva con una delicada acaricia. El sol resbala entre las fachadas de los hogares de aquellos que han despertado junto a las aves para admirar aquel espléndido tacto que conecta el corazón de la mañana. Mis ojos son galaxias que admiran una orquesta infinita de colores siendo acompañado de olores, olores nuevos que envuelven aquella pequeña nariz.
Me dirigo hacia la cocina. Descalzo mis pies hacen contacto con el suave suelo, se saludan y se invitan a desayunar. Al llegar a la blanca habitación los nuevos olores se reúnen para invitarme un café de abundancia.
Abro la despensa y saco de ella aquel tarro de granos molidos de café, la abro con lentitud permitiendo que el movimiento rotatorio de la tapa me conduzca hacia su contenido. En el interior un aroma es desprendido y saluda a mi nariz con un cosquilleo, un curioso aroma de vainilla que abre conecciones intactas con los granos molidos de café. Tomo una cuchara y la sumerjo en aquellos minúsculos granos, la extraigo y la vuelvo a sumergir percibiendo aquel rígido tacto entre el café que emana un abundante rechinido natural.
Al tener el café en la cuchara lo dirigo a mi nariz, los olores nuevamente se saludan y se abrazan. Cierro mis ojos durante un instante y aquel aroma invade mis cabeza, me hace reflexionar ante los colores de la belleza matutina. Vuelvo a abrirlos y sirvo el café en un taza. Al tomarla alimento aquel aroma de agua fría, algunas gotas se derraman con lentitud y los granos se han disuelto en un elixir café y abundante, un vacío infinito de armonía.
Abro el refrigerador y el cartón de leche llega a mi mano, al destaparlo aquel intacto aroma blanco proveniente de granjas lejanas se hace visible a mi nariz. Sirvo aquella deliciosa, casi sólida, sustancia blanca en el elixir de los vacíos infinitos. Ambos llegan a un encuentro, aquel esperado encuentro romántico, y se abrazan en sus líquidos y aromas encontrando el sabor ideal de sus reacciones.
Sobre mi mano dos sobres de azúcar ansían desprender su magia de excelencia. Los abro con delicadeza y aquel aroma del dulce cósmico se disuelve en el aire de la cocina. Los minúsculos granos de azúcar llegan a su encuentro con el matrimonio de leche y café, endulzando su vida.
Tomo aquella taza y sumerjo en ella tres pequeños cubos de hielo que emanan su aliento gélido en la sustancia de la eternidad.
Admiro la creación de la radiante mañana, la taza reposa sobre mi mano hasta que hace contacto en mis labios en un beso con majestuosa dulzura, el azúcar abre paso a aquella blanca consistencia abrazando al elixir siendo bañados por aquel gélido aliento.
Aquella belleza recorre mi garganta y el tacto de la mañana prospera en el exterior. Los árboles crujen. Las aves cantan en una orquesta que ninguna canción jamás podría igualar.

admin