Su historia, mi identidad

Por: Ámbar

Y estalló la guerra. Sí, fue ahí, en ese preciso momento cuando tuvo que emprender un nuevo camino. Fue en ese preciso momento cuando su idea de vivir cobró otro sentido. Si se aspiraba a “vivir”, ahora la gente comenzó a tratar de “sobrevivir”.

Tomó ese barco que tanto le aterrorizaba, no sabía a dónde iba a llegar. Tan solo llevaba con ella unas cuantas cosas, un poco de ropa, pan, una sábana de su casa porque decía que era lo único que la haría recordar a su hermano al que tanto iba a extrañar, una foto de su casa y otra de su madre con su abuela. Y así se fue. Sin rumbo, sin dinero, sin comida, sin abrigo. Ella y su padre… su padre y ella.

Ese barco se convirtió en su nuevo hogar durante los próximos dos meses. Un hogar no tan cálido como el que dejó en Lituania. Extrañaba a su hermano, siempre con la esperanza de volver a verlo. Nunca pudo hacerlo, pues ella se enteró hasta muchos años después de su partida que su hermano fue asesinado por pertenecer a la resistencia.

LLegó a su destino. Venía de un lugar de muerte, enfermedad, angustia. Llegó a un lugar donde lo primero que vio fue esqueletos vestidos con hermosos vestidos, con un largo camino aterciopelado de color naranja. La gente reaccionaba de forma contraria a ella. Todos felices, todos alegres, cada quien en su asunto, la única en llanto era ella.

Mi bisabuela llegó a México al puerto de San Juan de Ulúa, Veracruz, un 1 de noviembre, un Día de Muertos. Estaba aterrorizada, la muerte le representaba miedo, ganas de huir, pero al llegar a un lugar donde la muerte representaba alegría y tranquilidad, donde los niños corrían y gritaban de felicidad alrededor de los esqueletos, quedó completamente anonadada.

Y fue así como después de un largo proceso de adaptación, logró formar una familia. Siempre incompleta, ya que 40 años después de su llegada a México, realizó un viaje a Lituania para indagar sobre lo ocurrido con su familia. En éste viaje descubrió que no quedaba nadie ni nada, tan solo su casa que al ser de ladrillo, fue la única que sobrevivió el terrible incendio que sufrió la ciudad cuando los nazis trataron de quemar todo para no dejar evidencia.

En su casa siempre fue fundamental la música y la unión familiar. Ella era sabiduría en cuerpo y alma, alegría y conocimiento. Recuerdo que yo pasaba horas y horas hablando con ella sobre su niñez, sobre sus padres y sobre todo me platicaba de su hermano. Es justamente por eso que hoy en día mi hermano y yo somos tan unidos. Mi bisabuela a la cual llamaba “bobe” (abuela en yiddish), me inculcó la importancia de la familia pero sobre todo la importancia de ser unido con los hermanos.

El día llegó. Tras un año difícil, de entradas y salidas del hospital, una tarde entró en un estado de coma inducido. A los 97 años, el cuerpo de mi bobe ya no era capaz de funcionar. Estuvimos toda la familia, sus 5 hijos y cada uno de ellos con sus hijos y nietos, todos metidos en su cuarto, sentados junto a ella, esperando el momento. El doctor nos dijo: “Entren a despedirse”. Al entrar al cuarto, se escuchaba un silencio mudo, mi corazón latía cada vez más rápido. Nos tomamos todos de las manos, la energía fluía sin ninguna barrera. Mi abuelo puso música en Idish, idioma con el cual se comunicaban en Europa los judíos. Y el momento había llegado. Se fue entre un círculo de manos cálidas, música armonizando el espacio, rodeada de puro amor. Desde ese momento nada volvió a ser igual.

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