La granja embrujada

Por: Benito

Hace mucho tiempo en Veracruz, México, había un pueblo. Ahí se ubicaba una granja a media hora del pueblo. En esa granja vivían un niño llamado Miguel, su abuela y su abuelo. Los papás de Miguel lo abandonaron cuando tenía tres años y sus abuelos se quedaron con él, pero antes de vivir con sus abuelos, vivía con sus tíos. Ellos lo trataban muy mal.

Cada vez que se peleaba con sus primos le creían a ellos y lo castigaban y lo regañaban mucho. Entonces Miguel se quiso escapar porque se la estaba pasando muy mal. Como iba mucho a la casa de sus abuelos sabía perfecto donde vivían y cuando se escapó decidió ir ahí, porque sus abuelos le caían muy bien.
Miguel le dijo a sus abuelos que se escapó de casa de sus tíos. Ellos dijeron que podía quedarse a vivir con ellos pero que no iba a poder ir a la escuela porque nadie lo podía llevar. Los abuelos trabajaban todo el día. La condición era que Miguel consiguiera un trabajo en la granja o en otro lugar cerca de la casa.
Él decidió trabajar en la granja porque su abuela estaba ahí cinco veces a la semana. Ella no estaba ahí lunes y miércoles porque trabajaba en otro lugar. A Miguel no le gustaba mucho darle de comer a los animales en especial a la vaca y a los cerdos. Tampoco le gustaba ordeñar las vacas.
Un día Miguel estaba agarrando todos los huevos que las gallinas ponían, era lo que Miguel más disfrutaba de todo el trabajo que hacía en la granja. Cuando estaba agarrando todos los huevos uno rodó hacia una esquina. Al momento de ir a recogerlo vio un espejo que le llamó la atención y le gustó mucho. Él lo quería para su cuarto, entonces le preguntó a su abuela si se lo podía llevar. Ella le dijo que si se lo podía llevar y colgarlo en su pared. También le advirtió que tuviera cuidado porque ella lo había tenido antes en su cuarto y siempre que veía el espejo le pasaban cosas muy raras. Por ejemplo, se le aparecían gallinas que hablaban y fantasmas de pollitos que nunca habían nacido. Ella se asustó tanto que escondió el espejo en la granja.
A pesar de saber esto, Miguel si se lo quiso llevar a su cuarto. Cuando lo subió por las escaleras se cansó mucho y como ya era tarde decidió dormirse. Durmió toda la noche y cuando se despertó en la mañana vio el espejo con una sombra detrás. Se asustó mucho cuando escuchó una voz que dijo “no te espantes”. Miguel sabía que no era su abuela ni su abuelo, porque nunca antes había escuchado esa voz. Miguel preguntó: “¿quién es?” y escuchó que la voz respondió “soy yo la gallina atrapada en el espejo”.
Miguel bajó corriendo porque no quería escuchar más. Fue a buscar a su abuela pero ella no estaba ese día en la granja. Miguel no podía dejar de pensar en el espejo. Cuando acabó de trabajar subió y el espejo ya no estaba en el mismo lugar donde él lo había dejado. Miguel preguntó “¿a dónde te fuiste?”, el espejo dijo de atrás de Miguel “estoy escondido y nunca me voy a ir hasta que encuentres el huevo para que se te quite el hechizo”. Miguel no sabía de qué hablaba el espejo y le dijo muy enojado “¡qué hechizo!”
El espejo le contestó “el hechizo te dará mala suerte por toda tu vida a menos que lo rompas encontrando el huevo hechizado. Tienes dos días para traerlo”. Miguel no sabía cómo, ni dónde encontrar ese huevo. El espejo le dijo “tranquilo lo vas a saber cuando lo veas. No es cualquier huevo es un huevo diferente.”
Miguel buscó por todas las partes de la granja pero no lo estaba encontrando. Levantó todas las gallinas y sacudió todo el pasto que comían las vacas. Luego fue a donde guardaban todos lo huevos y sacó uno por uno. Si veía algo raro lo pondría de otro lado. Sacó todos los huevos que eran muchísimos. Volvió a revisar los huevos raros uno por uno con más tiempo y vio uno que estaba todo rajado. Cuando lo agarró se le cayó y no se rompió, lo cual lo sorprendió mucho. Se dio cuenta que ese era el huevo hechizado.
Entonces fue con el espejo para romper el hechizo. Cuando le mostró el huevo rajado empezaron a salir pollitos de atrás del vidrio. Eran muchos y salieron corriendo hacia la granja.
Miguel le preguntó al espejo qué hubiera pasado si no hubiera encontrado el huevo hechizado, pero no obtuvo respuesta. Como ya no había hechizo, el espejo ya no podía hablar. El encanto estaba roto pero, de todos modos, Miguel decidió sacar el espejo de su cuarto y lo tiró para no volverlo a ver nunca jamás.

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