¿Dependo de un pin?

Por: Eliane Getzel

¿Alguien sabe la respuesta? -preguntó la maestra.
Todos los niños tenían cara de una persona que acababa de vomitar por un largo rato, excepto uno, uno que estaba interesado en otras cosas, en cosas más importantes.
Él se llamaba Oscar, Oscar Méndez. Era un niño no muy popular sino al contrario, digamos que no era un niño muy buscado. Delgado, de pelo café y con la cara redonda.

No era una persona que gustara de los deportes, sí una persona en la que se puede confiar y los pocos amigos que tenía eran muy especiales (él sabía escoger amigos y sabía alejarse de los que no le hacen bien).
Un día, quedó de reunirse con sus amigos; Olivia y Jonathan, en el muelle, ya que era su lugar favorito para comer. Al llegar allá Oscar se sentó a esperar en la misma mesa de siempre, la de la esquina a la derecha (la más alejada de la mesa de los populares). Entonces llegó Jonathan, un chico chaparro con unos lentes que le tapaban la cara completa, venía vestido con una camisa verde caca y con unos Jeans aguados (también horribles). Oscar se alegró de verlo, hicieron su saludo de M.A.P.S.P.L.Q.P (mejores amigos para siempre pase lo que pase).
Unos minutos después le sonó el teléfono a Oscar, respondió, era Olivia diciendo que su mamá se había quedado dormida haciendo del baño y que iba a llegar tarde, que no la esperaran para comer, horas después llegó muy apenada con sus amigos. Ella era una niña pelirroja y su pelo parecía una selva naranja y gigante, súper ondulada, lo que entraba allí no salía nunca y llena de nudos. Una chica peculiar; tenía brackets con las ligas de color arcoíris.
De nuevo, los 3 hicieron su saludo de M.A.P.S.P.L.Q.P y se sentaron juntos. Después de platicar un rato, un mesero se les acercó con la cara medio deforme y les dijo:
– ¿Se les ofrece algo? –
– Lo de siempre por favor- dijeron los tres al mismo tiempo.
Luego de tomar sus malteadas y comer sus nachos con queso, decidieron empezar una guerra de agua a la orilla del mar.
La guerra de agua fue de las mejores, pero hubo una interrupción instantánea. Al parecer Oscar había encontrado algo en la orilla del mar, pero no era una concha como Olivia y Jonathan habían pensado, ¡era un pin!, un pin con un delfín y una pequeña luna en él, era dorado y brillaba con la luz del sol, tenía perlas alrededor. Todos se quedaron en silencio contemplando el objeto, pues nadie tenía nada qué decir, hasta que Olivia preguntó:
¿Qué es eso? Los dos respondieron, alzando los hombros con un gesto de no saber nada al respecto. Sólo hay una forma de averiguarlo, dijo Oscar.
¡Cómo! -gritaron exaltados.
Miren, conozco a alguien –susurrando, dijo Oscar poniendo la calma.
Se dirigieron a un lugar extraño. Era un callejón angosto y nada limpio. Se veían ratas pasando, cucarachas por las orillas y el olor que despedían los restos de comida tirados en bolsas y botellas rotas y aplastadas era espantoso. A Olivia y a Jonathan no pareciera que les gustara el lugar, pero en cambio Oscar se veía muy confiado.
¿Yaaaa vaamooos aaa lleeeegar? -preguntó Olivia titubeando y temblando de miedo, -ya casi- dijo Oscar -de hecho, llegamos en 3, 2,1 ¡LLEGAMOS! -No creo que sea aquí- dijo Jonathan asustado, -sip- respondió Oscar seguro de lo que decía.
Olivia y Jonathan se miraron en silencio un poco angustiados al entrar por esa puerta medio rota y con telarañas alrededor como si hace siglos nadie la hubiera abierto. En uno de los muchos orificios se veía una pequeña luz, una muy, muy pequeña luz y en su interior se delineaba la sombra de un anciano poco activo.
¿Eeeeeeeentramos? -preguntó Jonathan MUY, MUY asustado. Los dos amigos temblaban de miedo, tanto, que dejaron de sentir sus piernas…. ¡NO PODÍAN CAMINAR! Pero tomaron una decisión que cambiaría sus vidas, respiraron profundo y decidieron tocar a la puerta.
-Toc, toc, toc, se escuchó un silencio en el que nadie sabía cómo reaccionar. Olivia, Jonathan y Oscar estaban sudando, de repente y sin más, Olivia dijo sin pensar: ¿Hay alguien? La sombra del anciano se movió a lo lejos, luego se escuchó una voz pequeña pero potente
¿QUIÉN…? ¡Si eres otra vez Doña Laura, dije que no te voy a dar un mechón de mi pelo así que vete! El anciano se dio la vuelta.
Espere no soy Doña Laura -dijo Oscar nerviosamente.
Entonces ¿quién eres? Si nadie me ha venido a visitar en mucho tiempo – respondió el anciano bastante desconcertado.
Me llamo Oscar y ellos son mis mejores amigos Olivia y Jonathan- se dirigió al anciano con bastante seguridad.
Y, ¿qué quieren?, porque no estoy para choros de unos simples niños. ¡APÚRENSE! – ordenó el viejo.
¿Sabes algo sobre esto? (enseñándole su pin medio oxidado)
Al hombre se le expandieron los ojos, casi se le fue el alma
¿Todo bien? – preguntaron los niños espantados
¿Les gustaría pasar? – el anciano los invitaba de forma bastante extraña
Sí, por qué no – aceptó Oscar.
Al entrar en la casa del señor, los niños se dieron cuenta de que esa vieja casa tenía un gran significado para su dueño. El anciano pensó durante mucho tiempo, después de un rato respiró, largo y profundo, y entonces preguntó intrigado:
¿Dónde lo encontraste? ¿Quién te lo dio? ¿Había alguna nota? Sí. No, espera
¿Qué? – dijo confundido Oscar- mira, te cuento…hizo una pausa y también respiró profundo… lo encontré en el muelle, en la orilla del mar para ser exactos- agregó, intentando ser preciso.
Te eligió – dijo el anciano pensativo, los niños lo miraban también muy pensativos.
Oscar se veía confundido, no entendía nada, cuando por fin, el anciano concretó:
¡Él, él te eligió!
¿Él, quién? – Oscar no entendía muy bien las palabras del viejo
El pin, el pin le pertenecía a Margaret Williams una gran, gran persona, una persona que se conoce a sí misma, ella ubicaba sus sentimientos a la perfección, hasta que se quedó viuda y su vida se pintó en tonos grises, lástima que solo hizo dos pines como éste, el tuyo y… El hombre hizo una pausa, se paró y sacó una cajita roja y con mucho polvo, parecía que adentro había algo muy importante. Mira, este es el otro, el otro pin, éste tiene una serpiente y un pequeño sol en él, es dorado y brilla con la luz del sol, tiene perlas alrededor… es muy bonito.
¿Qué significa esto? – preguntó Oscar en total asombro.
Significa que somos los elegidos, cuando más lo necesitemos el pin nos hablará, nos mandará una señal de alguna manera-
Explícanos más sobre el pin -dijo Olivia muy interesada en el tema.
El pin tiene un alma tranquila, una honestidad absoluta, cuando entras en ella nada ni nadie sale, tú y yo estamos condenados a Margaret y sus pines, pero te lo advierto -dijo el anciano- si no le haces caso a Margaret caerás en una mala suerte de por vida, tanto, que podrás morir.
Los niños salieron de la casa del anciano muy confundidos, Oscar estuvo en silencio todo el camino de vuelta, después de un rato llegaron a la casa de Oscar. Él se bajó del coche y los niños siguieron su camino, ya en su casa no quiso cenar se fue directo a su cuarto, se acostó boca arriba y empezó a pensar mientras veía el techo. Las únicas palabras en que podía pensar eran: “Si no le haces caso a Margaret podrás morir”. Entonces, Oscar empezó a llorar mientras pensaba que no vale la pena vivir si vas a hacerlo a base de un simple pin que se encontró en el mar. Empezó a tener mucho coraje, tuvieron que pasar varias horas para que se quedara dormido.
Al día siguiente se sentía una persona muy normal, pero había algo en él que no lo acababa de convencer, algo era diferente, al entrar a clase se asomó por la ventana y vio un edificio, sintió una gran fuerza, venía de su mochila, sacó el pin y salió de clase. Luego subió a la punta del edificio, sintió que algo lo aventaba para dar un paso más, pero si lo daba moriría, entonces, Oscar pensó ¿voy a morir por un pin?
Sin más, soltó el pin que tenía en la mano, respiró profundo y lo pisoteó, lo partió en pedacitos y extrañamente guardó uno de los diamantes que habían quedado en el piso.
Escrita por Jonathan y Olivia, tus mejores amigos, que te quieren y estarán siempre para ti.

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