“Una mirada al pasado”

Por: Aki

Yo era un niño feliz, vivía en Inglaterra. A mis 9 años de edad era el niño que todos los padres del mundo quieren tener. Mi papá trabajaba en una fábrica de comida y mi mamá era una gran ama de casa, yo tenía la vida que cualquier niño de mi edad podría desear, aunque, claro, según yo, todo eso era normal. Mis amigos eran geniales y mis papás hacían todo por mí.

Nuestra residencia era muy grande, hermosa y confortable en la calle Saville Row, vivíamos a tres casas de la que había pertenecido al famosísimo Phileas Fogg, pero ese no es el punto ahora. Retomado lo que les contaba, Saville Row es una calle muy elegante y allí es donde estaba nuestro hogar.
Los años transcurrían como un soplo mientras avanzaba en mis estudios. Cuando llegué a la edad de los doce años, era de los más aventajados de mi generación, pero había un problema que día con día se iba haciendo más grande y difícil de resolver, mis compañeros de clase eran buenos, pero en secundaria creyeron que eran lo suficientemente grandes para poder empezar a decir groserías. Si me preguntan a mí, en ninguna edad se puede hablar con groserías, pero aunque tú opines diferente, una mala influencia te puede llevar a hacer las cosas que nunca en tu vida imaginaste que llegarías a hacer, y eso fue exactamente lo que ocurrió en mi caso. Me da vergüenza decirlo, pero creo que fui muy mal influenciado por mis camaradas. Al principio sólo dije una grosería, para el día siguiente ya me había puesto a maldecir con tres niños y así, cotidianamente me enseñaban una blasfemia peor que la del día anterior, al final, parecía un niño de la calle y no un niño que había crecido en esa casa con los valores y la educación que me habían infundido mis padres.
Después de llegar a degradarme como uno de los peores de la generación, tuve problemas en mi casa, ya no respetaba a mis papás, a partir de aquí fue como si los acabara de conocer, todo lo que habían hecho por mí en el pasado, se borró de mi mente, a lo único que aspiraba era a ser como mis amigos, ser de los jóvenes que se comportan como animales porque eso, en ese momento, era lo importante. Todo el día hacía de las peores cosas que alguien se pudiera imaginar.
De ser un niño educado, amable, inteligente y bueno pasé a ser un rufián, mal portado y solitario. Y eso fue lo que me hizo reflexionar, me dí cuenta que mis compañeros me habían manipulado para su propio beneficio, pero lo más doloroso fue darme cuenta que yo no sólo lo aceptaba, sino lo deseaba. También recordé quiénes eran mis papás, que me habían amado tanto y tan incondicionalmente. Recordé el salvaje en quien me había convertido durante el último tiempo.
Esta reflexión constituyó uno de los momentos más tristes de mi vida, me sentía tonto, con un gran remordimiento por haberme comportado de esa manera alejándome del impecable ejemplo y guía de mis papás.
Ahora tengo muchos actos que corregir y muchas razones para mejorar, así que me despido.

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