La carta

Por: Bye

Yo me encontraba en la esquina del salón, el examen en el centro de mi escritorio y un lápiz al lado. Todos los niños a mi alrededor estaban contestando el examen muy concentrados. Pero cuando yo intentaba leer el examen para contestarlo, no entendía nada porque la noche anterior, no había podido estudiar ya que me quedé jugando Monopoly con mis primos.

Yo veía el reloj y las manecillas seguían corriendo, ya llevaba veinte minutos intentando responderlo, entonces me desesperé. Giré mi cabeza para mirar al Sr. Enrique, el maestro de español, y como vi que estaba muy concentrado calificando los exámenes de otros grupos, pensé: “Este es el momento”.
Sin pensarlo más, mis ojos se giraron para ver el examen de mi compañero de al lado, José, y empecé a copiar las respuestas. La segunda vez que miré el examen de José y me volteé hacia mi examen para escribir la respuesta, vi la mano de el Sr. Enrique haciendo un ruido con las puntas de sus dedos encima de mi examen y con voz fuerte dijo:
–¿Qué cree que está haciendo?
–Eeee… nada– le respondí.
–Está copiando ¿verdad?
–Nnnn… no, como cree– le contesté y me dio un ataque de risa por los nervios.
–Váyase inmediatamente a la oficina de director. Tal vez ahí se le quiten las ganas de reir.
De tantos nervios, lo primero que pude decir fue:
–“Sin pasar por Go, ni cobrar $200”–. Acordándome que no había estudiado por estar jugando Monopoly y eso era lo que decía en el tablero.
Todos mis compañeros se empezaron a atacar de la risa y el maestro aún más enojado repitió:
–Salga inmediatamente de la clase.
Ya estando en la dirección, llegó el maestro.
–No sé qué hacer con usted. He estado pensando y creo que lo mejor será dejarle un trabajo extra–. Sentenció. –Tendrá que ir a la biblioteca, tomar un libro, resumirlo y escribir una reflexión de mil palabras para mañana. También tendrá que quedarse dentro del salón todo el recreo.
Saliendo de la escuela fui a la biblioteca y entre miles de libros pensé cuál de todos me podría interesar. Al pasar la vista por los libros me encontré uno que me llamó la atención. Era un tomo con pasta roja y letras plateadas. Así que me lo llevé. Al abrirlo, de entre sus páginas cayó un sobre viejo y maltratado de color amarillento por el tiempo, junto con una rosa seca.
La curiosidad me invadía así que tome el sobre, lo abrí y lo empecé a leer.
5 de diciembre de 1976
Mi muy amada, Bertha:
Tengo que decirte algo urgentemente.
El gobierno me ha mandado llamar para hacer un servicio militar. Tengo que partir inmediatamente al frente de batalla en la guerra actual dejando mi país y lo que más quiero en este mundo: a ti y a nuestra familia.
Cuida de nuestros pequeños y cuéntales historias de mí todos los días para que nunca me olviden y crezcan orgullosos de su papá.
Diles cuánto los quiero.
Te amo. Reza por mí.
Con amor total: Manuel
Me llamó mucho la atención esa carta y me empezaron a surgir muchas preguntas. ¿Quién era Manuel? ¿Por qué Manuel escribió esta carta y no habló en persona con su esposa? ¿Por qué la carta estaba dentro de este libro? ¿Por qué había una rosa junto con la carta? En fin, tenía muchísima curiosidad. En ese momento pensé que tenía que investigar pero detuve la investigación porque tenía que continuar leyendo el libro para entregar el reporte a la mañana siguiente.
Al día siguiente, acabando la clase de Español, todos mis compañeros salieron al recreo, yo me quedé sentada en mi escritorio y le entregué mi reporte al Sr. Enrique. Mientras él lo calificaba, yo estaba leyendo la carta una y otra y otra vez para ver si encontraba alguna pista.
–¿Qué estás haciendo? – Me preguntó el maestro.
–Es que cuando fui a la biblioteca por el libro para hacer el reporte me encontré esta carta y esta rosa dentro de él y estoy intentando descubrir de quién es.
–A ver, déjame ver– me dijo.
Enrique tomó la carta y la empezó a leer. Mientras la leía comenzó a llorar.
–¿Maestro, qué pasó? ¿Se encuentra bien?
–Es que… mi padre se llamaba Manuel y mi madre se llamaba Berta. Esta carta era para mi madre –me dijo entre lágrimas. –Mi mamá, mi hermana Ana y yo, siempre pensamos que mi padre nos había abandonado cuando éramos chicos, pero ahora entiendo qué fue lo que pasó; mi papá no nos dejó, él se tuvo que ir a la guerra. Le tengo que decir a mi hermana.
Mientras le marcaba por teléfono a su hermana, el Sr. Enrique me sonrió y dijo: —Gracias, muchas gracias.

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