La realidad

Por: Zach

Kendall caminaba por el pasillo, no se atrevía a mirar a los lados o al frente, estaba completamente segura de la forma en que la miraban y siguió caminando hasta el baño. Cuando entró, se sentó en el piso y comenzó a pensar en cómo sería la escuela ahora que había regresado a clases otra vez. Ya no tenía a nadie en quién confiar, lo estaba pasando mal en casa y no soportaba la escuela.

De pronto, alguien abrió la puerta del baño y la jaló del brazo. Era Bianca, la niña que antes era su mejor amiga pero al descubrir su secreto la abandonó para después molestarla. Lo que Bianca le hacía a Kendall iba de mal en peor. No iba sola y le ordenó algo a otras dos niñas quienes cerraron la puerta del baño. Pusieron la tapa de un lavabo para que no se fuera el agua por la tubería y llenaron de agua el lavabo. Bianca la agarró por el cabello y hundió la cabeza de Kendall en el lavabo impidiéndole respirar.
Trataba de sacar la cabeza del agua con todas sus fuerzas, pero las otras niñas le ganaban, eran tres contra una. Unos segundos después, le jalaron el cabello sacándola del agua. Por fin respiró aunque con dificultad. Mientras lo hacía, Bianca le susurró al oído: “Eres sólo una cualquiera sin vida, sin amigos, sin nada… deberías suicidarte porque lo único que haces es gastar oxígeno y espacio. Entonces, ¿por qué no nos haces un favor a todos y te tiras de un edificio?”.
Bianca empezó a reír y volvió a hundir la cabeza de Kendall en el agua. Después la sacaron y la empujaron contra el suelo, marchándose por la puerta del baño.
Kendall se esforzaba en respirar. Esto estaba yendo demasiado lejos, salió corriendo del baño mientras las lágrimas llenaban sus ojos. Pensaba en todo lo que Bianca le dijo, no era la primera vez que alguien le decía eso y tampoco sería la última. De hecho, ya lo había considerado varias veces pero nunca se había atrevido a hacerlo. Pensó que esta vez sería diferente, tendría el valor de hacerlo porque estaba cansada de vivir de esta manera, creyendo todo lo que le decían.
En un pasillo no vio por dónde iba y tropezó. Todos se empezaron a reír de ella. Lágrima tras lágrima, creía no poder soportar más, estaba a punto de rendirse. Estaba decidida: le daría fin a esto. Ya no tenía salvación ni a nadie a quién confiarle una sonrisa, un te quiero o un simple abrazo.
De pronto, alguien se paró en frente de ella. Kendall creyó que le pegarían otra vez, creyó que la lastimarían nuevamente, pero no. Era un compañero que le extendió la mano para ayudarla a incorporarse; lo supo aunque no se atrevió a levantar la mirada.
“¿Estás bien?” le preguntó.
Ella no respondió, simplemente tomó valor y levantó la mirada. Era un chico alto, ojos azules como el mar. Kendall tuvo un poco de esperanza de qué él sería la excepción de todos, pero no se quería ilusionar, así que se fue y se perdió en la multitud de personas.
Sin esperar que la campana sonara, se fue a casa queriendo acabar con todo. Ya no soportaba seguir viviendo así con ese sufrimiento. De hecho, había caído en depresión hace tiempo pero en vez de que las cosas mejoraran, todo iba empeorando cada vez más, o al menos así lo veía ella. No le había dicho a nadie sobre esto, simplemente se lo guardó para ella porque no estaba convencida que no podía confiar en nadie, la última vez que confío en alguien, la apuñalaron por la espalda.
Después de caminar un largo rato, llegó al edificio donde vivía, subió al elevador y presionó el botón de la azotea, lo que ella no sabía era que el chico de ojos azules la estaba siguiendo. Él esperaba a ver en qué piso se detenía el elevador para poder subirse con Kendall. La había visto en la escuela y cada vez se preocupaba más. El elevador se detuvo y ella salió a la azotea. Instantes más tarde, él subió al elevador rumbo a la azotea.
Kendall se acercó a la orilla, ya no podía soportarlo más, lo quería hacer y no lo dudó. Lágrimas caían de sus ojos cuando se colocó sobre la orilla del edificio. Miró al mundo por última vez y… lo hizo, brincó del edificio, justo cuando él había llegado a la azotea mirándola caer.
Llegó muy tarde. Gritó corriendo a la orilla, pero no había nada que él pudiera hacer. Lágrimas llenaron sus ojos. Él sólo podía pensar en lo que acababa de ver. Con un gran trauma regresó a casa y ahí fue cuando se dio cuenta: no todas las historias tienen un final feliz.

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