La casa de los pasteles

Por: Rosa

En los años setenta nació un niña llamada Emma, pertenecía a una familia de principios y valores. Desde muy chica se le enseñaban que los estudios eran lo más importante. Su familia estaba conformada por su hermano Mateo, su papá, Juan y su mamá Emily. Conforme pasaban los años fueron creciendo las ideas, los gustos, los colores de la vida. Emma decide que su pasión en la vida era ser pastelera.

Cuando ella le quería ayudar a su mamá en la cocina, ella no la dejaba. Le decía que tenía que dedicarse sólo al estudio. Fue creciendo y entendió que tenía que hacer una carrera en la Universidad.
Emma decidió estudiar Diseño Gráfico. En la universidad conoció a una niña llamada Laura y fueron muy buenas amigas. Laura siempre le enseñó a Emma que los sueños hay que seguirlos cueste lo que cueste y no rendirse.
Un día Laura le preguntó a Emma, qué era lo que le apasionaba en el mundo.
Emma le contestó que la pastelería. Laura siempre la incitó a tener su propia pastelería pero Emma no quería y evadía todo lo que tenía que ver con el tema de repostería.
Pasaron los años y Emma tuvo a su familia, a su esposo llamado Nicholas y su hija Lucía.
Emma y Nicholas tenían muchos problemas económicos, a pesar de que Nicholas tenía su propio negocio. Laura le decía que ella podría llegar a ser una buen repostera y eso los iba a ayudar a salir de su problemas. Emma seguía sin querer tocar el tema. Un día, los problemas económicos fueron tan fuertes, que Emma retomó la idea de la repostería, pero después volvió a desanimarse y no siguió con el proyecto.
Empezó a buscar trabajo pero no lo encontraba. Ella siempre evadía sus problemas y no los enfrentaba. La ciudad cada vez era más cara y más cara. Emma tenía cada vez más y más problemas.
Pasó el tiempo y su esposo falleció. Emma se quedó con el negocio y al meterse a trabajar tenía más problemas porque desconocía de todo el manejo de la empresa. La empresa era de una fábrica de ropa. Emma decidió meter a su amiga Laura al negocio para que la ayudara. Laura estaba cómoda en su trabajo pero le decía a Emma que esto no era para ella. Renunció a su puesto y se alejó de la vida de Emma. Emma se puso muy triste, se sintió sola y perdida necesitaba que alguien la escuchara y la entendiera.
La vida fue muy dura para Emma, tuvo que enfrentar sola los obstáculos. Se sentía devastada y desilusionada porque le hacía falta su esposo y no tenía sentido seguir luchando por algo que ya no existe y pensaba que ella nunca podría ser feliz. La soledad la envejeció mucho.
Pasaron los años y se distanció cada vez más de sus amistades. Lo superó con terapias emocionales. A través de las redes sociales se reencontró con su amiga Laura. Después de un tiempo de retomar el contacto, juntas cumplieron su sueño de jóvenes que era ir a París.
Emma se dio cuenta de todo lo que le pasó fue para guiarla a cumplir su gran sueño. Al ver las reposterías en Paris tomó ideas y regresó a casa dispuesta a poner su pastelería.
Empezó con postres sencillos que cada vez fueron subiendo de complejidad, a la gente le encantaba el estilo francés de sus postres. Cada vez se fue cotizando más y más. Invitó a su amiga Laura a ayudarla a administrar las pastelerías que se fueron abriendo por el éxito con las personas.
Ahí comprendió que uno debe luchar por lo que quiere y por su vocación. Emma le enseñó a su hija a perseguir sus sueños y además a que las amistades verdaderas te ayudan a cumplir lo que quieras, a seguir adelante y siempre hay que confiar en uno mismo.

admin