Donde se unen los pueblos

Por: El Betito

Hola, yo me llamo Joseph. Tengo diez años. Llegué a Palestina en un barco que mi familia abordó en Italia. Estábamos escapando de los pogromos de Rusia.
El viaje fue muy largo y duro. Cuando vimos tierra firme nos pusimos muy contentos. Había una multitud en el puerto y en el momento en el que alcancé a ver las caras de la gente empecé a buscar la de mi papá. Él huyó unos meses antes para preparar nuestra llegada, para que nos sintiéramos cómodos. Él es muy considerado con nosotros, siempre se preocupa porque tengamos todo lo que necesitamos.
Cuando finalmente nos encontramos entre toda la cantidad de gente que había, nos emocionamos mucho. Una vez que terminamos de abrazarnos y besarnos, nos subimos a un camión de carga. El señor que lo manejaba hablaba un idioma extraño y mi papá dijo que era árabe.
En el camino yo iba observando a través de una pequeña ventana. Palestina era muy diferente a lo que imaginé, lleno de pantanos. Yo iba mirando las caras de la gente y no se veían muy felices, sino que la gente iba rápido y tratando de no hablar ni molestar a las otras personas. Solo iban a hacer lo que tenían que hacer y volvían a su casa.
Hablando de casa, yo llegué a la mía. Cuando entré al kibbutz me sorprendí porque ahí la gente era muy gentil con todo el que venía. Después de entrar a lo que sería mi cuarto, ayudé a mi mamá a desempacar. Después de eso me dijo que me iba a dormir apretado ya que las camas eran pequeñas; como me fijé en su cara y se veía que estaba estresada, acepté con alegría, al igual que mi hermano pequeño Peter y mi hermana mayor Miriam.
Poco a poco fui explorando los alrededores del lugar. Fui a conocer a nuestros vecinos, conocí a la familia Rosenberg, a la familia Cohen, a la familia Fischmann y a otros más. Después de conocer a todos los vecinos del nuevo “vecindario”, empecé a caminar un buen rato. Cuando me aburrí, comencé a observar los árboles y los frutos que tenían y para mi sorpresa en uno de ellos había un niño sentado en una de las ramas más altas. Yo, como niño curioso que soy, le pregunté su nombre y cómo había subido tan alto. Él se quedó callado por unos segundos pero luego me respondió -Me llamo Mohamed y me subí, este mmmm… no sé cómo, pero me subí hasta aquí arriba para estar solo.
-Mmm, nunca había escuchado ese nombre – contesté yo.
-Claro que no, tú eres judío, entonces tú no sabes lo que se siente.
-Sí, pero tienes la suerte de estar en este hermoso kibbutz.
-Sí, pero aquí todos son judíos y yo soy árabe, entonces me siento diferente. Me dijo Mohamed.
-No te preocupes yo seré tu amigo.
-Gracias, sube. ven, yo te ayudaré. Me dijo.
Ahí arriba, nos quedamos un largo rato hablando sobre nuestras familias y nuestras vidas.
Cuando estaba empezando a oscurecer nos bajamos del árbol, nos despedimos con un abrazo y quedamos de vernos al día siguiente, justo en el mismo lugar a las 10:00 a.m. Yo me fui a mi casa y él a la suya.
Al siguiente día hicimos lo mismo, nos subimos al árbol, platicamos y nos despedimos. Hicimos lo mismo los días siguientes.
Un día cuando regresé a mi casa después de ver a Mohamed, le pregunté a mamá si podía invitar a Mohamed. Mi hermano que estaba ahí al lado preguntó ¿quién es Mohamed? Yo le respondí: – Es un amigo que conocí hace unas semanas. Mi mamá me dijo que Mohamed era un nombre árabe y yo asentí con la cabeza. Luego mi mamá me dijo que los árabes eran los enemigos de los judíos y me dijo que sería mejor dejar de vernos.
El día siguiente fui a ver a Mohamed y le conté lo que me había dicho mi madre y Mohamed me contestó que estaba muy triste porque su mamá le había dicho lo mismo. Yo le dije que mi mamá sugirió que ya no nos vieramos, pero a ninguno de los dos nos había gustado la idea.
Entonces seguimos viéndonos, pero a escondidas. Pudimos esconder nuestro secreto por unas semanas, pero un día mamá me descubrió saliendo de la casa a escondidas y me prohibieron volver a ver a Mohamed.
Como ya no veía a Mohamed, ya no tenía nada que hacer; entonces me quedaba en mi casa viendo la pared. No tenía a quién decirle cómo me sentía o lo que me estaba pasando. Me sentía como si nadie me estuviera apoyando. Mohamed y yo ya no éramos lo que une a los pueblos. Un día mamá me llevó a ver al doctor del kibbutz porque estaba preocupada por mí. El doctor dijo que el problema no era físico sino emocional, dijo que estaba triste y que yo tenía que contarle a mamá lo que estaba pasando. Cuando llegamos a la casa permanecí cabizbajo. Entonces mamá me alzó la cabeza, me miró a los ojos y preguntó: -¿qué está pasando?”. Comencé a llorar y ella me dijo que no pasaba nada, que dejara de llorar y que le contara. Seguí llorando por unos minutos hasta que me calmé y entonces le dije: – !me quitaste al único y mejor amigo que he tenido¡ Mamá comenzó a llorar mientras me pedía perdón. Luego me dijo que lo sentía y que ella hablaría con la madre de Mohamed a ver si aceptaba que nos pudiéramos ver.
Cuando habló con la mamá de Mohamed nos dijo que a Mohamed le estaba pasando lo mismo, pero en cuanto se lo pedimos aceptó. A partir de entonces, Mohamed y yo seguimos siendo mejores amigos y nos dimos cuenta de que nuestra amistad es donde se unen los pueblos.

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