Máscara de inocencia

Por: Atemisa

Ya había pasado una semana desde que nos dieron la noticia, siete días enteros y todo se sentía igual, todo se sentía gris, cansado e incluso melancólico. Era como si toda la escuela hubiera sido pintada de azul. Todos hablaban en tonos delicados, como si no estuviera permitido reír o vivir, la felicidad nos daba culpa, una sonrisa era lo mismo que un insulto.

Fue ese lunes en la mañana que nos explicaron qué había sucedido y era difícil de aceptar, pero no inesperado. Víctor Blanco se había suicidado, tomado su vida, se había matado, lo decían de miles manera pero lo que había pasado no cambiaría. El niño gordo que reprobaba todas sus clases y comía compulsivamente todos los días había parado de existir. No era querido, a nadie le importaba si faltaba a la escuela o si se cambiaba a otra. No solo eso pasaba sino que era humillado, acosado e insultado todos los días, bueno, los días que sí venía a la escuela. Su peso era el centro de varias bromas y no era sorprendente que hubiera hecho lo que hizo.
Cuando nos dijeron la noticia muchas niñas comenzaron a llorar como las hipócritas que son, otros reaccionaron después. Todos contaban historia de Víctor, compartían su foto en redes sociales y lo lamentaban en público. Muchos tomaron parte en poner el memorial “Víctor Blanco”. La próxima semana se iban a atrever a hacer una ceremonia en su honor cuando nadie lo quería. No era mi amigo pero todas las sonrisas falsas hacían que mi sangre hirviera, eran unos impostores pretendiendo ser su amigo. Yo no iba a ponerme esa máscara de lágrimas contando historias que nos eran mías.
Una semana antes de la ceremonia una pequeña parte de nuestra realidad regresó, no demostraron su felicidad aún pero sí la susurraban. Todos preguntaban “¿Como lo hizo?, ¿Por qué lo hizo?, ¿Crees que dejó nota?” No podían encontrar las respuestas, no se iba a saber aún. Mentirosos todos y cada uno de ellos, lo único que les importaba eran los rumores y el prestigio.
Lo único que nos había dejado la muerte de Víctor eran unos días de paz y armonía entre los estudiantes. Se podría decir que el suicidio dejó a los alumnos agitados, apenados hasta los huesos y estremecidos, no tenía nada que ver con compasión sino egoísmo, el saber que ellos eran culpables les dolía, todos habían pecado y no lo podían decir sin admitir las consecuencias.
Pero como todas las modas Víctor fue solo un tema temporal. Dos meses pasaron y el suicidio fue olvidado y degradado a una conversación de viernes. Una nueva víctima fue elegida para el bullying eterno y el memorial fue destruido. La única verdad era que Víctor ahora era una víctima angelical y perfecta. Había sido maltratado pero no merecía ser un santo.
Me rehúso a decir estas mentiras, Víctor era cruel, su vida no le pertenecía, no tenía derecho a quitársela, así como no tenía derecho de dejar este dolor a nuestro padre, dejarme esta culpa de no haber llorado por él antes. Él fue un compulsivo, fue un desastre y un monstruo. Él no fue el único que sufrió cuando nuestra madre murió, no fue el único que perdió todo el dinero, no fue el único que acosaron en la escuela. Mi hermano no era un ángel, no era el diablo pero no se merece estatuas y altares por mandar a mi padre a una depresión terrible o en forzarme a sentir algo cuando no siento nada. Esta pena de una ilusión, una historia que se parece más a un mito.
Me había acusado por abandonarlo cuando él me dejó perdida en la muchedumbre, me marcó como la niña afligida en un duelo eterno. No voy a esconderme detrás de esta máscara de inocencia.

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