La casa de los secretos

Por: Pecas

Hace mucho tiempo caía una gran tormenta, en medio de tal aguacero y estruendo había una casa. Con todo y aquel chaparrón, había dos niños llamados Juan y Pepe que estaban caminando en la calle y vieron dicha casa. Platicaron en medio de la lluvia acerca de lo tétrica que se veía y de las ganas que les daban de ir a conocerla, por lo que decidieron ir a inspeccionarla un día que hubiera más sol, o al menos que no estuviera lloviendo.
Pasaron un par de días y al tercero, el sol estaba radiante por la mañana, así que se llamaron por teléfono y acordaron verse afuera de aquel lugar.
Pepe fue el primero en llegar y espero a Juan, este no llegaba, por lo que Pepe empezó a inspeccionar la casa por fuera y realmente no notó nada que le pareciera raro o sobrenatural. Al terminar de dar un rondín alrededor de la casa, fue cuando Juan llegó. Éste se disculpó y decidieron entrar a investigar qué podría haber.
La realidad es que pasaron por los pasillos, cuartos, baños, sótano y ático, y lo que encontraron fue absolutamente nada. Algunas telarañas, muebles viejos, polvo, mucho polvo y una que otra alimaña. Fuera de eso no hubo monstruos, fantasmas, aparecidos, poltergeists o cualquier otra presencia demoniaca que pudiera hacer la aventura un poco más divertida. Lo que fue un hecho y los extrañó un poco, fue que al salir ya era de noche. El tiempo, por alguna razón, había transcurrido particularmente rápido.
Pasaron por alto el hecho de que ya fuera de noche y decidieron irse a dormir a casa de Juan, al menos para platicar otro rato, contarse historias de terror, cenar unas quesadillas y desvelarse viendo pelis.
Al día siguiente Pepe agradeció a los papás de Juan y se despidió de su amigo. Antes de irse, los dos acordaron que no le dirían a nadie acerca de su visita a la casa, pues lo podría tomar mal o los podrían castigar.
Pasó el fin de semana y ya no pudieron reunirse para jugar, pues tenían que estar con sus familias, pero al llegar el lunes, se vieron en la escuela y les inquietaba la idea del secreto que guardaban. Inclusive la maestra les preguntaba el porqué de su comportamiento distraído. Ellos negaban tener algo y seguían con las actividades escolares.
Ese día por la tarde regresaron juntos a casa de Pepe y se pusieron a jugar fut en el patio hasta que les dio la noche. Cuando el cielo ya era engalanado por estrellas y el balón no se veía más, se echaron en el pasto a contemplar el cielo. Era bellísimo, la luna también hacía acto de presencia; en eso, sin esperarlo ni pedirlo, una estrella fugaz surcó el cielo e iluminó el patio y la ciudad entera. En ese momento se voltearon a ver y al mismo tiempo dijeron, – tenemos que volver a la casa.
Sin pensarlo más se levantaron de un brinco, se treparon a sus bicicletas y tomaron rumbo a la casa. Curiosamente comenzó a llover como aquella noche en la que descubrieron la casa, así que aceleraron el pedaleo. Llegaron relativamente rápido pero al final bien mojados.
Tiraron las bicis al suelo y corrieron hacia el interior de la casa, que curiosamente tenía las luces encendidas, pero al estar tan mojados y apresurados, ni lo tomaron en cuenta. Se dividieron los cuartos, al fin ya los conocían, y se propusieron, ahora sí, buscar a conciencia algo que les llamara la atención. Así fueron detenidamente cuarto a cuarto cuando de pronto Pepe encontró en el sótano, una manta que no estaba ahí antes. Incrédulo comenzó a llamarle a Juan con grandes gritos.
Juan bajó lo más pronto que pudo y estupefacto se quedó mirando la sábana que antes no estaba ahí.
En lugar de salir corriendo atemorizados, más bien comenzaron a discutir sobre quién podría haber puesto ahí esa sábana y si alguno de los dos debería quitarla para ver si había algo detrás. Después, en medio de la acalorada discusión, recordaron la estrella fugaz y de la posibilidad de que está estuviera relacionada con la aparición de la misteriosa sábana.
Concluyeron que no podría pasar nada malo si en verdad tenía algo que ver con la estrella, así que la tomaron los dos, cada uno de una esquina y la jalaron con fuerza. La sábana levantó una gran cantidad de polvo. Empezó a disiparse poco a poco, mientras esto sucedía algo empezaba a brillar en la pared, algo que deslumbraba. De pronto un estallido de luz lleno la habitación y un letrero aparecía en el lugar donde alguna vez estuvo la sábana, éste decía, “luchen por sus sueños, no se rindan”.

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