La puerta secreta

Por: Girasol

Eran las 11:10 en clase de matemáticas, estábamos todos sentados muy callados esperando ansiosamente que fuera recreo. Los minutos pasaban más lento de lo que alguien se podría imaginar, y el profesor Geralmillo seguía tratando de explicar las multiplicaciones a 3 niños del frente que seguían sin entender.

De pronto se me ocurrió una idea; pediría ir al baño, y en vez de ir al baño recorrería toda la escuela. ¡Era fantástica la idea! Tendría 53 minutos exactos para descubrir los rincones más oscuros de la escuela.
– ¡Profesor Geralmillo!- grité alzando la mano. Se volteó a mi lugar y me preguntó cuál era mi urgencia. Rápidamente sin pensarlo le respondí “Tengo que ir al baño… eh mmm en el recreo rellené mi termo como 4 veces.”. El profesor un poco frustrado por la clase me respondió que podía ir al baño. Era hora de aventura.
Salí de la clase y sin saber a dónde dirigirme comencé a caminar cada vez más rápido, hasta que empecé a trotar. Me dirigí al auditorio. Cuando estaba a punto de llegar pensé que tal vez iba a estar cerrado, pero ese pensamiento no me detuvo.
Llegué. Mi pensamiento estaba incorrecto, gracias a mi suerte el auditorio no estaba cerrado. La puerta estaba casi totalmente cerrada, dejando un pequeño espacio que indicaba que sí estaba abierto. Me aproximé un poco al auditorio nada más para revisar que no había nadie. Efectivamente no se escuchaba ningún ruido, era perfecto.
Al entrar me impactó lo grande que era, nunca había entrado al auditorio si no era para una ceremonia o algún evento. Me dirigí a los vestidores, ahí de pronto me dieron muchísimas ganas de ir al baño. Vi una puerta y supuse que era la de los baños, la abrí con mucho cuidado para no hacer ruido en caso de que hubiera alguien en el auditorio que me pudiera ver.
¡PUM!, sonó la puerta al abrirse. Me tomó muy poco tiempo el darme cuenta de que no era la puerta del baño. Al ver de reojo el cuarto me di cuenta que todo estaba muy viejo, había muchas telarañas y sobre todo polvo. Había mucho polvo, como si en este cuarto no hubieran entrado desde hace más de 70 años. La curiosidad me invadió, me adentré al cuarto con mucho cuidado de no tocar las telarañas gigantes que se habían apoderado del cuarto. Empecé a ver muchos cofres, tales como los que salían en las películas de piratas. ¿Qué era este lugar? Pronto me empezó a dar mucho miedo estar ahí solo, pero no me podía ir sin saber qué era este lugar.
Más adentro del cuarto empezaron vi muchas fotos, todas ellas en blanco y negro. Eso confirmaba mi teoría, era definitivamente un lugar muy viejo. Había banderas muy extrañas, papeles, muebles, fonógrafos y otros objetos. Todo esto era demasiado extraño. Me estaba a punto de sentar en un sillón que estaba arrinconado en el cuarto cuando de repente algo me llamó la atención, detrás de una gruesa capa de polvo se encontraba un letrero.
Empecé a caminar hacia el letrero, evitando las grandes telarañas. Traté de leer lo que decía, pero era imposible con tanto polvo. Solo alcanzaba a ver a pequeños rasgos de una letra A, una B, y creo que era una T. No estaba muy seguro. Con la manga de mi sudadera de la escuela, me acerqué y quité todo el polvo. ¡No podía creerlo! Estaba muy confundido de lo que acababa de leer.
“Bodega Nacional De Los Estados Unidos Mexicanos. 1847”.
Me quedé petrificado por unos minutos. Tenía que salir de ahí de inmediato y regresar al salón. Cerré la puerta de la bodega, y luego la del auditorio. Ya estaba fuera del auditorio, ahora tenía que llegar a la clase.
Salí corriendo sin pensar en nada más que en la bodega. Pasé por los salones de bachillerato, y por fin llegué al mío. Llegué con la respiración cortada de tanto esfuerzo de correr, abrí la puerta del salón agitadamente debido a toda la adrenalina que recorría mi cuerpo. Abrí la puerta, se interrumpió el orden del salón. Todos confundidos voltearon a verme sin entender mi cansancio, ni mi nerviosismo que se había apoderado de todo mi cuerpo.
Pretendí que no pasaba nada y me senté en mi lugar tratando de hacer todo con normalidad. Al poco tiempo la clase continuó, y todos se habían olvidado de mí acontecimiento. Sonó -Riiiiing, riiiiing -. Ya era recreo.
Todos los alumnos empezaron a amontonarse en la puerta para poder salir. Yo, mientras tanto, estaba acabando de copiar los ejercicios. El profesor, sin que hubiera nadie en el salón se acercó a mí, había algo extraño. Todo se empezó a hacer chiquito en la habitación.
– ¿Henri, donde estuviste?”-, me dijo el profesor. De pronto sin poder evitarlo me paralicé, traté de explicárselo todo, pero no podía hablar. El profesor estaba muy confundido, y de repente de mi boca salió: “Me atoré en el baño. Le recomiendo que no use el tercero, frecuentemente se atora.”. Traté de decírselo de la forma más cómica y corriente que pude. El profesor se fue pensando que era yo una persona muy extraña, pero por lo menos había funcionado.
El recreo, que tanto ansiaba que comenzará, ya era lo contrario. Quería que acabara, tenía que regresar a ese cuarto del auditorio. Me había dejado con tantas preguntas… ¿Qué hacía la Bodega Nacional De Los Estados Unidos Mexicanos fundada en 1847 en el auditorio de mi escuela?, ¿Por qué estaba abandonada y sin seguro? Y ¿Qué más había ahí adentro?
Sonó el timbre que anunciaba que era hora de regresar a clases, los alumnos comenzaron a apurar el paso para llegar a tiempo a la clase correspondiente de cada uno. Entretanto yo no estaba pensando en regresar a clases, yo ya estaba planeando mi siguiente escapada.

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