Bajo las narices del general bigotón

Por: Libertina

Viernes por la noche, tarde, casi sábado. Ella estaba con unos amigos escuchando el grupo de músicos cubanos, tenía ganas de bailar, pero no tenía pareja. Estaba semi aburrida, terminando su copa y pensando que ya era hora. Entonces fue cuando lo vio, del otro lado de la pista. Se veía como si estuviera solo, en medio de su gente, mirándola, ojos negros brillantes, pelo negro esponjado, sonrisa blanquísima, camisa blanquísima también, escote abierto, dejando entrever su pecho moreno. ¡qué bárbaro! Soñado, de plano, como para un anuncio de la coca. Mirándola, le hizo un guiño, agarró un palillo de madera picado en una aceituna, se lo clavo entre los labios y con el mentón le mostro la puerta de los sanitarios. Soñado, pero ¡qué grosero! No había manera de resistir. Pretextó cualquier cosa para despedirse, agarró su bolsa de mano, se la puso al hombro y se dirigió hacia los sanitarios.
Parado entre la puerta de los varones y la de las damas, estaba él, con el palillo entre los labios, en la comisura de la boca. Le puso la palma de la mano en la espalda, muy abajo en la espalda y, con mucha suavidad, la dirigió hacia la salida, hacia la calle, hacia el parquecito de la esquina, hacia la estatua de algún héroe de la patria entronizado en el cruce de dos senderos. Con la misma suavidad, en la penumbra, debajo de los bigotes del general anónimo, le levantó la falda, le bajó las medias, las pantaletas, se lo metió, descargó, se zafó, se dio la vuelta y se fue, caminando tranquilamente, como si nada, dejándola aturdida, sin aliento, humillada. A unos diez metros, volteándose con la misma sonrisa radiante, tirando en un basurero un condón usado y un palillo mordisqueado, le gritó un número telefónico que ni oyó ni memorizó. Así fue la primera vez. Ella se quedó únicamente con el recuerdo de la mano ligeramente posada en el empeine.
Dos días después, a la hora en que acabando la lluvia se reflejan los faroles en el asfalto húmedo, en el mismo parquecito del cual se habían retirado ya los niños, él estaba sentado en uno de los bancos, mirando el militar bigotón, esperando tranquilamente, como si su llegada fuera evidente: su teléfono no había sonado. Cuando ella se apareció, estaba vestida con unos jeans muy apretados. Se sentó en sus piernas, muy arriba, casi en la ingle. Sin más, sus labios ligeramente hinchados y brillosos le rozaron la boca y sintió su lengua, húmeda, caliente, voluptuosa, buscando la suya, enrollándose en el paladar. Violentamente despertó su deseo. Pero ella se levantó, se separó, se fue hacia el metro. La siguió, pero la perdió. Se había desaparecido en el primer vagón que pasó. Se quedó, solo en el andén, adolorido, con el recuerdo de su cuerpo sobre el suyo, de su lengua y de sus labios.
Al día siguiente, misma hora, mismo lugar. Una pequeña brisa levantaba las hojas que la lluvia había tirado. Ella había llegado primero y, parada, le daba la espalda al héroe de piedra. Venia vestida muy formal, zapatos de tacón ancho, falda oscura, muy ajustada, pero por encima de la rodilla, el pelo levantado, una pequeña bufanda de seda adornaba su cuello. El bilé amaranto, llamativo, flameaba en el atardecer. Se paró a su lado, pasándole la mano por la espalda, la sintió estremecerse, enderezarse, quizás arquearse ligeramente. Con la mano izquierda, libre, le tocó los dedos, llevaba un anillo con una piedrita roja en el dedo anular. Quiso besarla en la mejilla, y luego más cerca de la boca, y luego en la boca, besarla como se besan los novios, esos besos que duran y duran y son tan ricos que permiten acercarse poco a poco, las manos sudadas acariciando la blusa, los dedos vacilantes buscando el escote, acercarse a las promesas del amor y, al final, a la presentación a la familia. Pero ella no se dejó, le soltó la mano, volteó hacia él y con dedos expertos, le aflojó el cinturón y deslizó la mano hasta localizar el nacimiento del miembro que inmediatamente agarró forma. Le murmuró al oído: yo también…. Desconcertado, no supo qué hacer, dónde llevarla, por dónde cogerla. Se separó, se fajó los pantalones y se alejó. Todavía tenía, imprento en los ojos, el recuerdo rojo del rubí.
Llegó el jueves. Era la hora en que vibra la ciudad, los parques desiertos, la gente está en los transportes o en sus quehaceres vespertinos. Ambos llegaron al mismo tiempo, cada uno por su sendero. Se encontraron exactamente bajo la mirada vigilante del héroe chaperón. Ella llevaba una falda ancha, aérea, se le adivinaba un pecho apaciguado debajo de su blusa ligera, un maquillaje muy discreto. Él, con tres rosas rojas y un sobre con un corazón pintado, en el que había metido dos boletos para el cine. Se alejaron, caminando al mismo ritmo, sin tocarse, rozándose apenas el hombro.
Viernes por la noche, tarde, casi sábado. En el antro de música cubana, el ambiente estaba al baile. Lástima, otra vez andaba sin pareja y tenía ganas de bailar. En la mesita redonda, algunas copas casi vacías, unas aceitunas con sus palillos, un resto de papitas. Del otro lado de la pista, una pareja fajando. ¿Gusta bailar señorita? Volteó. Ahí estaba, ligeramente inclinado hacia ella, camisa blanca, sonrisa deslumbrante, pelo negro esponjado, piel morena, ojos negros, tan negros como para hundirse en ellos. Tímida, se paró y llevándose de la mano hacia la pista de baile, supieron ambos que ya podía empezar el romance.

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