Lupo y las partes del cuerpo

Por: El mejor

Lupo era un niño que vivía en Ciudad Fantasía. A él le faltaban muchas partes del cuerpo porque, aunque no lo crean, a esas partes no les gustaba ser de Lupo. Un día su mamá le dijo que sería buena idea que fuera a la ciudad a buscar más partes del cuerpo.

Lupo llegó a la ciudad y buscó y buscó hasta que encontró un barrio de partes del cuerpo. -¡Oye tú! dedo del pie, quiero que seas mío para golpearte contra la pared. ¡Oye tú! mano derecha, te quiero a ti para ensuciarte mucho. ¡Ey tú! nariz, ¿por qué no vienes conmigo para oler los olores horribles de mi prima bebé? ¡Orejas! si se unen, podrán oír los gritos de mi mamá todos los días y si traen al ojo derecho podrá ver lo “guapo” que es el jardinero-.

Cuando las partes del cuerpo escucharon esto, se voltearon a ver con espanto, el dedo le dijo -yo no quiero ser tu dedo del pie porque estoy demasiado chiquito para que me golpees-. Lupo, un poco molesto, le contestó que solo lo golpearía cuando estuviera enojado, y eso solo lo hacía una vez al mes. El dedo aceptó irse, aunque le advirtió que se escaparía si no le gustaba su cuerpo, entonces se acercó lentamente al cuerpo de Lupo y el pie lo absorbió, haciéndolo parte de él.

Apenas iniciaba la tarea, Lupo volteó y buscó la mano derecha que le faltaba, se acercó por ella pero la mano le dijo – si de por sí mi trabajo es muy sucio, ¡yo quiero estar limpia!-. Lupo le dijo que se ensuciaría porque le gustaba pintar, pero que se divertiría, pues a veces dejaba a sus manos, navegar libres en el papel, haciendo cosas muy bonitas. Convencida, la mano accedió y la muñeca la absorbió.

Tan pronto tuvo mano, Lupo se tocó la cara y recordó que también tendría que buscar una nariz. Allá en los rincones del barrio, estaba tirada una nariz regordeta y aguileña, ni modo, era la única que veía… afligida de estar olvidada, le dijo -yo he sufrido mucho, he tenido que aceptar olores insoportables, más con mi gran capacidad olfativa y no quiero volver a sufrir. Lupo le dijo que sería poco tiempo el que tendría que aguantar, ya que la bebé crecería y dejaría el pañal y que a cambio, él aceptaría llevarla felíz en su cara. La nariz, resignada, le pidió a Lupo no acercarse cuando la estuvieran cambiando de pañal.

Casi estaba terminada la misión, faltaba poco para que Lupo regresara a casa y se presentara ante su madre, venía la peor parte: buscar unas orejas que aguantaran los decibeles de su enérgica progenitora.

Unas orejas muy vivaces y refinadas pasearon delante de Lupo, mostrando sus bien delineados lóbulos. -¡Ustedes¡ ¡Son perfectas!-, gritó Lupo, tomándolas rápidamente antes de que se le escabulleran – si grita mi mamá, pero no siempre… solo cuando no le hago caso, prometo hacerlo, de ahora en adelante-, y se inclinó para que cada una tomara su lugar. Las orejas, tomaron posición en cada lado y al unísono contestaron -Te creemos, en nuestro barrio siempre grita el de los tacos y no podemos dormir, te pedimos que nos tapes cuando duermas, con eso será suficiente.

Durante su búsqueda, Lupo solo había elegido sus partes faltantes utilizando el ojo izquierdo, así que tendría que buscar un derecho que hiciera juego con el que ya tenía y convencerlo, para que juntos, miraran a ese jardinero que no era tan guapo (habías dicho que si lo era), pero sí muy musculoso y buena onda, que era realmente lo que le agradaba a Lupo, pues quería algún día estar como él.

Lupo, armado literalmente, hasta los dientes, regresó feliz a casa. Obviamente les costó acostumbrarse a su nueva vida, sin embargo, el muchacho era buen tipo y su madre no lo trataba tan mal. Al final, juntos se la pasaban muy bien caminando por lugares desconocidos, pintando, escuchando música, haciendo ejercicio, viendo pelis y olfateando la rica comida que mamá preparaba. . .

El tiempo fue pasando sin darse cuenta. Las partes se acoplaron y ya no abandonaron a Lupo, pero fue creciendo, había partes que ya no servían tan bien y entonces se pusieron tristes porque las tendría que cambiar, tuvo que regresar al barrio, ahora con otros propósitos: Necesitaba un dedo gordo que lo guiara en sus pasos cortos y débiles, una mano firme que diera regalos a sus nietos, otra nariz que pudiera conectar esos olores de la infancia que lo hicieron tan feliz, un par de orejas que supieran escuchar pacientemente y otros ojos que miraran más profundamente, que llegaran hasta el alma de cada persona que trataba y que hicieran realidad su mundo de fantasías.

Una tarde soleada, sentado en el jardín de su casa, Lupo recordaba sus momentos de niño y lo difícil que fue encontrar las partes cuando ellas lo abandonaron por portarse mal, fue uniendo cada uno de los recuerdos hasta llegar a ese momento en su jardín. Había perdido energía y vitalidad, era anciano y sentía que pronto moriría.

Lentamente, llevado por el sonido del viento que chocaba con las copas de los árboles, Lupo cerró los ojos, soltó las manos y abandonó su cuerpo para que otro llegara a llevarse las partes que tan bien lo habían acompañado, dejando que el ciclo nuevamente se iniciara…

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