El Monte Krôskhar

Por: C.H. Forfatter.

“…Cuenta la leyenda, que aquél que se atreva a subir por el Sendero de Lögmard,

que recorre en espiral por todo el grande y magnífico Monte Krôskhar, y llegue a la cima, se encontrará: a Yämhført. Nadie sabe qué, o quién es; algunos dicen que es algo muy valioso, algo sobrenatural, o un semidiós legendario que te dará inmortalidad o algún consejo milenario; pero la realidad sobre Yämhført es uno de los secretos mejor guardados de la historia. Muchos han intentado alcanzar la cima, pero ninguno ha regresado; nadie sabe si murieron, si quedaron atrapados, o si lograron encontrar a Yämhført, y decidieron nunca regresar. Pero algo es seguro: si alguien algún día logra subir por el Sendero de Lögmard y bajar vivo, se le darán todo tipo de honores; y se cantarán canciones y poemas en su nombre por generaciones…”

Esa era una de las muchas historias que nos solía contar nuestro abuelo Ortrik alrededor de una fogata, en las noches estrelladas de verano; cada noche él nos contaba una historia, pero por su gran edad y para no inventar más historias de las que hay uvas en un viñedo nos llegó a repetir historias una que otra vez, pero la emoción con las que las contaba, a pesar de su edad, le daba un toque especial a cada una. La historia del Monte Krôskhar era una de mis favoritas, no sólo porque el Monte Krôskhar se me hacía un lugar tan misterioso e impresionante, —sobre todo porque estaba justo al lado de la ciudad—, sino también porque siempre que repetía la leyenda, nos contaba sobre alguien más que ha tratado de recorrer el Sendero de Lögmard, sin regresar; gente como Galkin el granjero, Marxgal el valiente y Skald el herrero. Y a todos, él los había conocido personalmente. Recordar mis días de la niñez con mi abuelo y mis primos bajo la luna me ha reconfortado un poco en estos últimos días; el ejército del Imperio Khoutor nos lleva sitiando por casi dos meses, y los recursos básicos se están acabando, al igual que la esperanza de nuestro pueblo: los Zubria.

En los últimos días se han creado varias sectas: la resistencia, que intentan armar un ejército clandestino para pelear contra los Khoutor; los pacifistas, que intentan negociar un –casi imposible– acuerdo de paz; y los autoproclamados “iluminados”, que dicen que todos vamos a morir en las manos de los Khoutor, y prefieren morir “con honor” antes que por la espada enemiga o por hambre. Se rumora en los mercados que ya han habido 10 suicidios relacionadas a los iluminados, pero ellos, por suerte, son muy pocos.

Y aunque las sectas hacen mucho ruido, en verdad son pocos en cantidad, la mayoría de los zubrianos hemos intentado mantenernos civilizados y no volvernos locos, cultivando lo que podamos y ahorrando comida; pero muchos han perdido la esperanza completamente y empezado a perder la cordura y han hecho cosas que nadie nunca ni tras beber 3 litros de ron y comido el hongo venenoso del Bosque Aglisk— haría. Muchos se niegan a hablar, comer o incluso usar ropas; algunos lloran, algunos corren desnudos por las calles, algunos queman sus casas sólo por el olor a madera quemada y otros corren hacia los guardias Khoutor a insultarlos y pedirles que los maten, a lo que ellos obedecen. En cuanto a mí, he intentado mantener unida a lo que queda de mi familia, mi hermano menor, Férsäl se quiere unir a la resistencia; mi padre está perdiendo la cordura y mi madre no sale de su alcoba.

“¡Batar!” – Exclamó Férsäl, regresando rápidamente del mercado para ver si podía conseguir algo de comer a cambio del poco cobre que nos quedaba, mientras yo estaba intentando plantar un poco de mi cebada con la esperanza de tener una fuente sostenible de comida. Bueno, eso es, si sobrevivíamos un año hasta que pueda cosecharlo, y, logramos pasar el invierno. Lo saludé con una sonrisa y le pregunté si había podido comprar algo. “No mucho, aunque escuché algo que les interesará a todos, vamos con madre y padre, que les gustará oírlo”. Fuimos por padre, quien estaba en la cocina cortando queso, y entramos: Férsäl, que estaba extrañamente energizado, padre y yo, a la alcoba de madre. ¿Cuál será esa gran noticia?, Pensaba. Cuando madre se calmó y todos estábamos listos, Férsäl respiró hondo antes de decir lo que sea que haya escuchado, y habló. “Los Khoutor de van” – Dijo, intentando calmar su euforia. “Los Khoutor se van” – Repitió. “¡Los Khoutor se van, hoy en la noche, y nos dejarán en paz!”. Cuando acabó de hablar, todos nos quedamos paralizados, no sabiendo cómo reaccionar; y, después de unos segundos, madre empezó a llorar otra vez, sólo que esta vez de alegría, de regocijo. Nunca la había visto tan feliz, aunque se veía igual que hace un minuto; padre tenía una expresión que nunca había visto, una de felicidad, combinada con confusión, y un pequeño toque de arrepentimiento, por haber perdido la cordura cuando aún había esperanza. Y yo, por otro lado, no reaccioné mucho, no sabía si era por incredulidad, sorpresa o confusión; de un momento a otro pasamos de ser un pueblo destinado a morir a tener la esperanza de regresar a nuestras vidas normales.

El día estaba acabando rápidamente, así que decidí ir a la alcoba que compartía con Férsäl a pasar la noche, Férsäl hizo lo mismo, y pronto él se quedó dormido; pero yo no podía, era mucha información que procesar. Después de tanto tiempo de guerra, de hambre, de pérdidas; al fin tal vez, sólo tal vez podríamos volver a prosperar. Pero un pensamiento se quedó en mi mente, ¿por qué se estaban yendo? Ya llevaban meses sitiándonos, ¿por qué parar, ahora que casi cumplen su objetivo? Pensé que nunca

tendría una respuesta… poco sabía yo que sería respondida en sólo unas horas.

Decidí pararme a dar una caminata, no podía dormir, desde hace horas podía escuchar al ejército Khoutor empezar a irse y quería presenciar nuestros primeros minutos de libertad. Pocos sabían del rumor, por lo que toda la ciudad estaba dormida, excepto por unas pocas antorchas que se veían de gente que estaba igual que yo, con insomnio, caminando por la ciudad. Paré en una pequeña colina por los bordes de la ciudad, no podía seguir rondando por las calles si no quería encontrar algún bandido en un callejón y ese lugar parecía perfecto. Había una vista perfecta del campamento enemigo cada vez más pequeño, las estrellas y los alrededores de la ciudad: el Monte Krôskhar al este, el Bosque Aglisk al oeste y el portón de la ciudad al norte, el cual pronto estaría abierto, para permitir a todos los habitantes salir y comerciar nuevamente.

… Y luego, caos. Escuché arqueros lanzando flechas al sur de la ciudad. Volteé y

vi fuego. Fuego, gritos y muerte. Todo empezó a pasar muy rápido, y yo, no sabía qué hacer… Tengo que correr – Pensé. Es lo único que puedo hacer, correr a mi hogar, despertar a mi familia y escapar a un lugar seguro.

Corrí… y llegué; pero ya era demasiado tarde. Mi casa estaba destruida, lo que antes era una pequeña cabaña de madera en la que yo estaba apenas unos minutos antes era una pila de carbón quemado, con fuego saliendo de donde antes vivían mis padres. Y mi alcoba, o lo que era antes mi alcoba, no era más que escombros. Intenté excavar lo que pude con mis propias manos, pero fue en vano. Encontré a Férsäl, o, a lo que quedaba de él, su cabeza y torso separados del resto de su cuerpo por la viga que mantenía el techo en su lugar. Su expresión, todavía la recuerdo. Murió dormido, tenía los ojos cerrados, pero tenía una sonrisa marcada, una sonrisa por al fin ser libres de este sufrimiento, porque al fin podría volver a entrar al Bosque Aglisk y cazar ciervos, porque podríamos volver a ser felices. “Los Khoutor se van”, dijo… poco sabía él que era porque nos quemarían a todos vivos.

Y en ese momento, destruido por dentro, hice lo único que me quedaba por hacer: correr. Esta vez no para salvar a nadie, no para ver a mi familia una vez más, sino para sobrevivir. Lo único que me mantenía con deseo de vivir era el saber que, si me rendía, mi familia estaría decepcionada de mí. Así que corrí, y corrí hasta llegar a la gran pared del este, muralla que nos mantenía seguros de nuestros enemigos. ¡Qué irónico!– pensé, lo que se construyó para protegernos ha asegurado nuestra destrucción. Estaba determinado a salir, por Férsäl, por padre, por madre; por Zubria. Así que trepé con la poca fuerza que me quedaba; trepé, y trepé hasta que llegué a la cima.

La vista de ahí era mórbidamente hermosa. La vista de lo que antes era una ciudad próspera, llena de vida, ahora envuelta en fuego y destrucción bajo la luz de la luna llena, la misma bajo la cual abuelo Ortrik nos había contado la historia del gran Monte Krôskhar; monte al cual planeaba escapar. La ciudad estaba rodeada y era mi única opción si no quería morir quemado o asesinado. Con un salto bajé de la muralla, caí en un árbol, bajé de él y nuevamente empecé a correr. ¿Serán ciertas todas esas leyendas? ¿Será cierto todo lo que nos había dicho abuelo Ortrik? ¿Estaré salvándome la vida, o estaré sellando mi destino muerto, solo, en un Monte de leyenda? Sólo había una forma de saberlo.

Llegué al pie del gran monte, al inicio del Sendero de Lögmard… tomé un respiro hondo… y empecé a subir.

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